El brillo del platino era un escudo, nada más. Un trozo de metal pulido sin ningún valor sentimental, pero con una eficacia formidable.
Para Harry Styles, cofundador de una de las firmas de arquitectura de interiores más cotizadas de la ciudad, los eventos corporativos solían ser un terreno minado. En un entorno donde las sonrisas calculadas y las intenciones ocultas estaban a la orden del día, no faltaban las mujeres que confundían una conversación profesional de diez minutos con una invitación abierta.
Harto de inventar excusas piadosas, de rechazar insinuaciones diplomáticamente o de lidiar con momentos incómodos en medio de recepciones benéficas, Harry había encontrado una solución pragmática. Un anillo en el anular izquierdo.
Desde el día en que empezó a llevarlo, el panorama cambió drásticamente. El anillo comunicaba lo que sus palabras muchas veces no lograban: indisponibilidad absoluta. Ninguna mujer con un mínimo de decoro cruzaba la línea.
Le permitía trabajar en paz, mantener relaciones estrictamente comerciales y regresar a casa sin arrastrar ningún tipo de drama. Para el resto del mundo, Harry era un hombre felizmente comprometido cuyo matrimonio era un misterio reservado para la privacidad de su hogar. Para él, era simplemente un filtro.
Hasta que la firma absorbió un nuevo estudio y Anna llegó como la nueva socia principal.
Anna cruzó la puerta de la sala de reuniones con una carpeta rígida bajo el brazo y la determinación grabada en el rostro. Su reputación la precedía: inteligente, meticulosa, con una visión estética implacable y una capacidad casi instintiva para resolver problemas complejos de diseño.
Cuando Harry se puso de pie para darle la bienvenida, sintió una sacudida instantánea que no figuraba en ningún plano ni en ningún contrato. Anna no solo era una profesional brillante; poseía una elegancia serena, unos ojos atentos que parecían analizarlo todo en segundos y una calidez contenida que desarmó a Harry desde el primer apretón de manos.
-Es un placer finalmente trabajar contigo, Harry -dijo ella, con una voz firme y pausada mientras compartían una breve mirada.
-El placer es mío, Anna. Tu trabajo en la restauración del teatro central fue impecable. Llevaba tiempo esperando este proyecto conjunto -respondió él, dedicándole una sonrisa genuina, libre del cinismo defensivo que solía usar con otras personas.
Durante las semanas siguientes, la dinámica entre ambos se volvió el núcleo del estudio. Pasaban horas encorvados sobre mesas de planos, discutiendo texturas, iluminación y materiales hasta altas horas de la noche.
La química era innegable, un hilo invisible que tensaba el aire cada vez que sus manos se cruzaban por accidente al alcanzar un lápiz o cuando compartían un café en el balcón durante los breves descansos. Harry descubrió rápidamente que Anna no solo le resultaba fascinante en el plano profesional, sino que despertaba en él un interés profundo que no había sentido en años.
Por primera vez en mucho tiempo, Harry deseó no llevar la fría banda de platino en la mano.
Para Anna, los primeros días en la firma habían sido un torbellino. Adaptarse a una estructura más grande requería concentración absoluta, pero lidiar con la presencia de Harry era el verdadero reto.
Desde la primera reunión, reconoció la atracción inevitable que sentía por él. Había algo en su forma de escuchar, en la atención al detalle que ponía no solo en el diseño sino en las personas, y en esa mezcla de caballerosidad y humor sobrio que la tomaba desprevenida a diario.
Sin embargo, Anna era demasiado cautelosa como para dejarse llevar por impresiones iniciales. Mantuvo la distancia justa, observándolo en diferentes situaciones. Lo vio interactuar con clientes difíciles, con el personal de obra y con colegas de otros departamentos. Notó cómo las mujeres intentaban llamar su atención en los cócteles de la empresa y cómo él mantenía una amabilidad distante pero impecable.
Fue al final de la tercera semana cuando el detalle cayó sobre ella con el peso de una losa.
Estaban en el taller de muestras, analizando los acabados de madera para un penthouse en el centro. La luz de la tarde entraba oblicua por las ventanas altas, iluminando el perfil de Harry mientras sostenía un bloque de roble oscuro. Sus mangas estaban arremangadas hasta los codos, revelando los antebrazos y la destreza de sus manos.
Al girar la muestra hacia la luz, el destello metálico en su mano izquierda captó la atención de Anna.
Allí estaba. Un anillo de bodas sencillo, de platino, perfectamente ajustado a su dedo anular.
Un frío sutil le recorrió la espalda. Durante todo ese tiempo, abrumada por la carga de trabajo y fascinada por la personalidad de Harry, no se había detenido a observar con detalle sus manos en un contexto personal.
Él jamás mencionaba su vida privada; no había fotos en su escritorio, no recibía llamadas personales durante las reuniones, no hablaba de planes de fin de semana en pareja. Anna había asumido, por omisión, que estaba soltero.
La realidad era otra. Harry estaba casado.
Un nudo se formó en su garganta mientras disimulaba la mirada, fijando la vista en la textura del roble. La atracción que sentía por él, los pequeños momentos de complicidad que había comenzado a atesorar en silencio, quedaron etiquetados instantáneamente como un error.
Anna tenía principios estrictos: jamás se interpondría en la vida de un hombre comprometido, sin importar lo mucho que el pulso se le acelerara cuando él le sonreía.
-¿Te parece que el tono es demasiado oscuro para el salón principal? -preguntó Harry, levantando la vista y fijando sus ojos en ella, ajeno al torbellino interno que acababa de desatar.
Anna tragó saliva, forzó una expresión profesional y dio un paso atrás, marcando una distancia sutil pero definitiva.
-No, el tono es perfecto -contestó ella, manteniendo la voz firme pero desprovista del brillo de minutos antes-. Solo necesitamos asegurarnos de que la iluminación adecuada resalte las vetas.
Harry notó el cambio en el tono, la repentina rigidez en la postura de Anna, pero no logró descifrar la razón. Asintió despacio, guardando el bloque de madera, mientras el anillo de platino volvía a quedar oculto al meter la mano en el bolsillo de su saco.
ESTÁS LEYENDO
One Shots H. S. (+18)
Fan-FictionHarry , Anna y Niall, una pareja nada convencional, una pareja de tres.
