Capítulo: 150. Visitando a nuestra familia

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Pdv: Rozemyne. El obsequio de Ferdinand

Al recibir las instrucciones de Ferdinand, las asistentes del templo comenzaron a preparar nuestros atuendos. Una vez que terminó de darlas, Ferdinand se retiró de nuestros aposentos junto a sus criados.

Poco después, las asistentes nos vistieron con ropa de chicas plebeyas adineradas. Mientras nos cambiaban, noté la radiante sonrisa en el rostro de mi hermanita. Eran atuendos mucho más simples, pero igualmente abrigados y bonitos.

Cuando estuvimos listas, nos reunimos con Ferdinand en las cámaras del director del orfanato para salir desde allí hacia la ciudad baja. Al entrar, ya nos estaba esperando, vestido con un atuendo de plebeyo.

Iba vestido como un comerciante adinerado. Aunque su ropa era mucho más simple que la que solía usar, seguía viéndose elegante y apuesto. El traje, más ajustado al cuerpo y con menos tela, era tan cálido como el nuestro y realzaba su figura. Me recordó al tipo de vestimenta que usa Benno cuando se reúne con nobles; sin embargo, en Ferdinand resultaba aún más refinado y no parecía en absoluto un plebeyo.

"Por sus brillantes sonrisas, veo que ya saben a dónde vamos realmente, ¿verdad?", preguntó Ferdinand, con una expresión satisfecha.

Ante su pregunta, nos miramos con risitas tímidas y divertidas. No solo sonreíamos porque íbamos a casa, sino también por lo guapo y radiante que se veía Ferdinand. Me incliné hacia el oído de Cattleya y le susurré lo apuesto que estaba, comparándolo con un modelo de nuestro mundo anterior por lo alto que era.

Pero Cattleya opinó que parecía más un actor de cine:

"Mi mentor es como un personaje salido de una película de época, o un elfo de "El Señor de los Anillos". Digo... ¿no tiene ahora el cabello más largo?", comentó con un suspiro y ojos soñadores.

"¿Qué tanto cuchichean ustedes dos? ¿Ya están tramando otra travesura?", preguntó Ferdinand, frunciendo el ceño y mirándonos con sospecha.

"No planeamos nada, Ferdinand", respondí, negando con la cabeza. "Solo estábamos hablando de lo apuesto que te ves con tu traje de plebeyo".

"Mentor, te ves como un personaje increíble, salido de un libro o una película. No culpo a las chicas que se enamoran de ti; es inevitable", dijo Cattleya, encogiéndose de hombros con gesto resignado.

"[¿Qué dicen, par de tontas? Aún no salimos del templo. ¿Pueden esperar a llegar a casa de su familia adoptiva para decir cosas tan desvergonzadas?]", nos regañó Ferdinand en nuestro idioma secreto, inglés, visiblemente incómodo por los elogios.

Luego añadió, con una sonrisa ladeada:

"[Les recuerdo que, una vez fuera del templo, deben llamarme prometido. Y además... no me interesan las demás damas; solo deseo que mis dos pequeñas Diosas guarden un Rafel para mí]".

Ante sus palabras, Cattleya y yo chillamos, con las mejillas teñidas del noble color de Geduldh. Al ver nuestra reacción, Ferdinand sonrió, divertido y satisfecho, y enseguida nos apuró a salir del templo por la puerta que daba a la ciudad baja para dirigirnos a los carruajes rumbo a la casa de nuestra familia plebeya.

Durante el trayecto, comprendí que Ferdinand había preparado esta sorpresa con mucha anticipación: mandó confeccionar nuestros atuendos de plebeyas a nuestra medida actual, se encargó de limpiar la ciudad baja y realizó el Entwickeln. Incluso apartó un espacio en nuestra apretada agenda para que pudiéramos visitar a nuestra familia plebeya.

Todos estos preparativos solo podían significar una cosa:

'¡Ferdinand pedirá nuestra mano a papá Gunther! ¡¡¡Gaaaaah!!! ¡No puedo con esto!'

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