La Navidad, en La Casona de los Álvarez de Arauca, siempre es un gran acontecimiento. Día de ajetreo y bullicio, pero también día de paz y armonía para disfrutarlo con la familia. Este año promete ser igual o mejor que las anteriores, tan alegre como viene siendo desde el encendido de las luces y tan divertida como sólo ellos la saben hacer. Comerán juntos en la noche y, en la mañana del veinticinco, compartirán almuerzo con amigos y demás familiares. Ya no hay niños pequeños en la casa, pero la tradición de encomendar sus pedidos al Niño Dios para que este les traiga sus regalos, no se perderá nunca. Jóvenes y mayores van a esperar, ansiosos, que este les deje los presentes como cuando eran chicos.
Desde bien temprano en la mañana, las mujeres de la casa organizan en la cocina lo que van a servir en la noche. Juana prepara natillas, buñuelos y pasteles, ayudada por las dos muchachas de servicio, que fueron contratadas para atender la casa tras la llegada de los hijos del exterior. Hortensia y la Nana ya tienen listos los perniles de pavo y cerdo, a punto para hornearlos. Doña Eugenia y Rosalía visten el comedor principal con las mejores galas. Incluso las jóvenes colaboran en la cocina con lo que se ofrezca. Andrea, Alejandra y Fernanda salieron a hacer las últimas compras, por lo que no están en la casa cuando, a las cinco, llega Irene del brazo de don Sebastián, quien ha pasado a recogerla, como cada año, porque ella es su invitada especial en la comida familiar de Navidad. Obviamente, es el abuelo el que impone la presencia de la segunda esposa de Diego aquel día. Sin importarle que su nieta mayor, y algún que otro miembro de la familia, vean con malos ojos que él agasaje a la mujer como cree que se merece. Y pobre de aquel que se atreva a decir una inconveniencia sobre ella, o en su presencia, que tendrá que verse las caras con él. Don Sebastián sabe que su nieto mayor amó a Irene como nunca antes a ninguna otra mujer. Este hecho, por sí sólo, es suficiente para que todos los Álvarez de Arauca le guarden respeto. Pero, además, ella es la madre de su Adelita –la más consentida de sus nietas, junto con Javier–, y no va a permitir que le causen el menor daño a la niña.
A las siete de la noche todo está listo en el comedor grande, dispuesto para acoger la gran celebración. En la cocina también concluyeron los preparativos. Tan solo queda esperar que, a las ocho, se dé la orden de subir a los dormitorios y emperifollarse para la reunión. Los hombres con sus vestidos de gala, las mujeres con sus trajes de diseño exclusivo, que les llevo días de búsqueda y largos paseos encontrar.
Todos se ven felices y optimistas.
Hace rato se juntaron en el salón para tomar unos pasabocas antes de la hora señalada. Solamente doña Eugenia permanece todavía en la cocina, en compañía de Nadia y la Nana, descansando del duro día de trabajo
–¡Virgen del Carmen! ¡Qué día tan espantoso el que hemos tenido! Toda la mañana de afán y la tarde peor –se queja la doña, tomando el vino de la copa que le sirvió la solícita Juana, antes de salir para su cuarto a vestirse con su uniforme de gala–. Tienen que ser los años, que no pasaron en balde. Yo ya no estoy para estos trotes.
–No diga eso, mujer –la anima Nadia–. Si todavía se ve joven.
–Pura fachada, Nadia. A poco que me descuide estos pelados me hacen bisabuela.
–Pues será la bisabuela más joven que conozco.
–Que cosas tienes –ríe con ellas–. Pero qué pena con usted –le oprime la mano con afecto–. Discúlpenos que la hayamos hecho trabajar tanto. Diego no nos va a perdonar por no haberla atendido como se mereces.
–No tienen que disculparse. Para mí fue un placer echar una mano acá. En serio, la pasé divino con ustedes. Me gusta la buena comida, pero es tan aburrido cocinar para una sola.
