Marina Bordonaba está disfrutando de su última semana de descanso vacacional, junto a Luisa y Diego. Hasta el día 9 de enero no tiene que regresar a ocuparse de su despacho en la Gerencia de Operaciones Portuarias, de manera que, mientras él ha retomado su trabajo en La Naviera –que no puede dejar abandonado en aquellas fechas–, ella acompaña a Luisa, a resolver los trámites de documentación que necesita para su acceso a la universidad en el último semestre. Las dos mujeres han congeniado tan bien, que a Diego le duele que, su hija mayor, no quiera reconocer lo que a esta le parece natural. En un principio pensó que Luisa simularía aprobar su relación con Marina, solamente porque le interesa estar a bien con él, ante el peligro de que la envíe de vuelta a Colombia. Pero se equivocó. La muchacha llegó dispuesta a aceptarla, fuera como fuera la argentina, tan solo por respeto y amor a su padre.
En este momento, los tres están sentados en un restaurante, frente a las oficinas de La Naviera, donde han quedado citados para almorzar, antes de que en la tarde las mujeres continúen con el trámite de documentos que la joven necesita. Conversan animados, como una familia bien avenida, esperando a que les tomen el pedido.
–¿Y entonces? ¿Qué fue lo que hicieron toda la mañana pateando la ciudad? –averigua Diego, feliz de haber dejado por un rato el trabajo y estar allá con ellas–. Las veo cansadas.
–Aja, papi. Estamos cansadas pero la pasamos delicioso. ¿Verdad, Marina? –replica Luisa, contenta. Le fascina ver como su papá la mira con amor, porque sabe que eso le hace bien.
–¡Pero no le contés nada, nena! Viste que pregunta nomás de chusma que es –bromea Marina. Juega con su servilleta sobre la mesa y le brillan los ojos al verlo sonreír–. ¿A vos que te interesa saber lo que hicimos?
–Ah, pues. Presumo entonces que son cosas de mujeres. Pero si no me quieren contar, no hay drama. Ya veo que me van a dejar a un lado. ¿Cierto? Esto es lo que se gana uno por ser bueno y considerado.
–Igual, con Luisa nos vamos a pensar qué te contamos y qué no. Mirá si te largamos todo y nos dejas acá plantadas. Por ahí nos toca pagar la cuenta.
–¡Eso no papá! –suplica la joven riendo–. Yo no cargo un peso. Ni menudo tengo en el bolso.
–No, pues estoy hecho con ustedes. Solamente me necesitan por la plata.
–¿Viste? –continúa provocando la mujer–. Mejor mirá como te portás vos y cuanto nos consentís. Después vemos qué te damos a cambio.
–Entonces, a la recíproca, yo tampoco les cuento nada a ustedes.
–¡Ah, no! Vos sí nos tenés que contar –Marina lo mira mimosa–. Si la nena ya te dijo que la pasamos divino. Más nada. ¡Dale, contános!
–De veras, papi. Me fascina la facultad. Son todos muy amables y queridos. Y Marina... Qué te voy a contar. Ella lo hizo todo bien.
–Marina todo lo hace bien. ¿Cierto, mi amor? –Diego le guiña un ojo y ella le da una palmada en el brazo.
–No hice nada, Luisa. El apellido que tenés fue el que te abrió las puertas. ¿O por qué pensás que no hizo falta que tu papá nos acompañe?
–Yo no sé –Luisa realmente no entiende lo que ella quiso decir– Pero de todas formas, estuvo delicioso hacer las vueltas con Marina.
–En serio te digo. La estampilla de los Álvarez de Arauca es valiosa en esta ciudad –ve el gesto extrañado de Diego, que tampoco sabe adónde quiere ir a parar–. Dejá de mirarme así, bobo.
–De veras, mi amor, no entiendo lo que quieres decir.
–¿Te acordás qué pasó cuando asesiné mi celular con el auto?
