Tras compartir unos minutos en la sobremesa, ya cerca de la medianoche, los hombres se retiran a la biblioteca, con el pretexto de fumar unos cigarros, mientras ellas, en la sala, se disponen a ver las filmaciones de la boda de los Muir, que Lidia trajo para mostrarles.
Adela y Luisa están sentadas a ambos lados de Andrea, en uno de los sofás frente al televisor. Carolina, Marcela y Lidia, en otro a la derecha, en ángulo recto con el anterior. Rosalía y Marina ocupan dos sillones, un poco más alejadas del grupo. Todas están atentas a la gran pantalla, esperando que Andrea, que se apropió del control remoto y disfruta viéndolas ansiosas, ponga a funcionar los aparatos.
Las primeras escenas entran a ritmo de boleros.
Durante unos minutos muestran el exterior de la casa, luego unas vistas de la playa privada y de inmediato pasan al interior.
–¿No es esa la casa que fue de los Segarra? –averigua Andrea, recordando haber estado en ella en alguna ocasión.
–Sí, es la misma –confirma Lidia–. Jorge la compró cuando se cansó de vivir de hotel en hotel. Yo la ambienté.
–Hiciste un trabajo excelente, Lidia. De veras te felicito.
Las demás sonríen, porque las ven sonreír a ellas. Aún así, ninguna se atrevería a asegurar que, los comentarios que se hacen aquellas dos, no van realmente cargados de suspicacia. Por más que el tono de sus voces, dé a entender que quieren olvidar, que alguna vez fueron rivales por el amor de Daniel, no es fácil dejar a un lado lo ocurrido, tan solo unos meses atrás.
La cámara entra en el dormitorio principal, donde se ve a un grupo de personas preparando a la novia para su gran momento. Las jóvenes estudian la escena, atentas y embelesadas, antes de volverse a mirar a Lidia, que les sonríe feliz y satisfecha.
–Que linda te ves, Lidia –la elogia Adela–. Me imagino que ese debe de ser el día más maravilloso en la vida de una mujer.
–Les aseguro que sí –acepta ella, sonriendo radiante–. Un día inolvidable.
Todas están de nuevo pendientes, de las imágenes que bailan en la pantalla. Ahora muestran la actividad de algunos invitados, moviéndose nerviosos por la casa. Un momento después, en una terraza con vistas al mar, en la planta baja, a un grupo de jóvenes, ataviadas con elegantes vestidos de un mismo color tostado. Las muchachas se hacen bromas divertidas, riendo entre ellas. Se ven muy estiradas; simulando querer evitar que se arruguen sus trajes o se estropee su cuidado maquillaje.
En ese momento, por algún motivo que Lidia no alcanza a comprender, las mujeres presentes en la sala no hacen ningún comentario, al respecto de las alborotadas damas, siendo que hasta acá de todo estuvieron averiguando en detalle con ella. Ni siquiera Marcela bromea, sino que observa a las otras tan extrañada como la misma Lidia. Se podría creer que han quedado mudas y sin respiración ante lo que están presenciando. Las dos, Marcela y Lidia, las miran de una en una, desconcertadas por su actitud; viendo que todas prestan atención a la pantalla sin pestañear y en completo silencio. Por eso saltan del asiento, asustadas, cuando, con un grito unánime que parecieran haber ensayado de antemano, exclaman a la vez.
–¡Sofía!
Y como si el grito las hubiera despertado de su letargo, al instante se ponen en movimiento; nerviosas, agitadas, sin saber qué hacer a continuación. Hasta que Luisa, más ágil que las demás, toma el control remoto de la falda de Andrea –donde esta lo dejó descansar un momento antes–, y detiene el reproductor, parando la imagen justo en el punto que desea: donde se ve, con absoluta claridad, a todas las damas de honor que acompañaron a Lidia. Luego le devuelve los mandos a su tía, no sin antes advertirle.
