Recién se han levantado todos en La Casona. Al parecer nadie en la familia tiene deseos de verse las caras con nadie y andan cada cual en sus quehaceres, sin buscarse ni siquiera para conversar. La comida de la noche anterior se mantuvo por costumbre, pero ninguno se animó a seguir la tradición como lo han venido haciendo toda la vida. No hubo fiesta ni aguinaldos ni presentes del Niño Dios. Tan solo caras largas, medias sonrisas y un malestar general que ni los muchachos, con sus bromas, lograron desalojar del comedor principal de la casa Álvarez de Arauca.
Como si nada hubiera pasado la noche anterior y aquella fuera una Navidad igual a las demás, la Nana se afana en la cocina, organizando los preparativos del almuerzo, para el que sí tendrán invitados. Nadie ha buscado una excusa ni cancelado el evento. En realidad, no es algo a lo que estén acostumbrados los Álvarez de Arauca y a ninguno se le ocurrió pensar que aquel no era un buen día para celebraciones. De modo que, así las cosas, procuran que la vida siga y el evento prospere sin problemas, como estaba planeado.
Los muchachos tomaron desayuno a media mañana y en ese momento se encuentran tumbados en las hamacas del jardín, conversando de sus cosas. Todos, menos Valentina. Esta se ha negado a salir de su cuarto pues no quiere encontrarse con su padre o, lo que es peor, con su abuelo Ramiro, después de que este la obligara, la noche pasada, a sentarse a la mesa con los demás por más que no quisiera comer con ellos. Tampoco quiere dar explicaciones sobre su terrible comportamiento del día anterior.
Las mujeres, fieles a lo establecido, prepararon el comedor para la reunión como lo hicieron siempre en esta fecha. Ahora están en la sala comentando sobre los manjares que se van a servir; huyendo como pueden del tema en el que todas piensan, aunque ninguna se atreve a mencionarlo.
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Diego no ha desayunado. Después de darse una ducha, pasó a saludar a su mamá y luego se encerró en el despacho. Rosalía le llevó café pero volvió a dejarlo solo; no quiso torturarlo recordándole lo sucedido con su hija, como si él no lo tuviera presente sin necesidad de escucharlo de labios de otro. David y Daniel también han estado un rato acompañándolo, aunque ya han salido para ocuparse de sus cosas cuando Luisa pide hablar con su papá. Quisiera no tener que conversar con ella en ese día, sin embargo, sabe que no puede dejar de hacerlo por más que se sienta vulnerable, débil y sin carácter, ante cualquier petición que la joven le quiera hacer. Luisa entra, lo mira un instante de lejos, mortificada, pero al ver que le sonríe, corre a abrazarse a su cuello como cuando era chiquita. Diego no sabe, ni puede ni quiere resistirse a su encanto.
–Papi, ¿podemos hablar un minutico? –averigua, sentada en sus rodillas–. Prometo no incomodarte demasiado.
–Mi amor, tú no me incomodas. Dime, ¿qué es lo que se te ofrece?
–Es sobre lo que habíamos hablado. Tú ya sabes; eso de ir a vivir contigo a la Argentina.
–Aja, yo sé. Pero de eso es que tenemos que –Diego le retira el cabello del rostro y la besa complaciente–. Es preciso.
–Fresco, papá, no hay complique –concede ella mohína–. Yo no te voy a armar bochinche si no puedo viajar.
–Ah, bueno, ¿y entonces? ¿Cómo es la vaina? ¿Será que ya no quieres vivir con tu papá?
A Luisa se le ilumina el rostro con una sonrisa, al ver que su padre, a pesar de estar destruido por el altercado con Valentina, continúa pensando antes que nada en su bienestar.
–¡Obvio que quiero! –exclama radiante–. Solamente que... Yo estuve pensando que a lo mejor eres tú quien ya no quiere que esté contigo.
–¡Qué va! Cómo me vas a decir eso, mi cielo. Claro que quiero tenerte a mi lado.
