9. Laguna de Los Padres

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Acaban de entrar al restaurante, en el complejo de cabañas, cuando una mujer joven, alegre y muy bonita, viene hacia ellos con los brazos extendidos y estrecha entre ellos a Marina.

–¡Mi querida! –exclama entusiasmada–. Estoy feliz de tenerte acá. No lo podía creer cuando Cesar me dijo.

–Acá estoy, amiga –responde ella, riendo feliz–. Y, dejá la pavada, boluda. Nos vimos recién la semana pasada.

–Sabés que estoy enojada con vos por no querer vivir con nosotros.

–No vamos a discutir de vuelta por lo mismo –se gira a mirar a Diego y le habla a la mujer– Vine acompañada. Te presento... Diego, un... amigo. Ella es Ana, mi amiga del alma.

–Encantada –saluda la mujer a Diego con un beso.

–Un gusto para mí conocerte –responde él con una sonrisa.

–¿Dónde tenés a Cesar?

–En sus fogones. Bancáme un cachito y te lo hago venir.

–Dejálo estar. Lo vemos más tarde. Ahora queremos comer.

–Vayan a la mesa. Enseguida estoy con ustedes.

–Gracias, Anita. Sos mi genia preferida.

Marina y Diego están sentados a la mesa que Ana les ha preparado, al parecer la que siempre reservan para ella. No cabe duda que es la mejor lugar del salón; en el centro de uno de los ventanales con vistas a la laguna, apartados del resto de los comensales. Diego no sabe porqué, pero se siente encantado de estar allá. No piensa ya en lo que ella le confesó en el puente del embarcadero, sino en que está descubriendo que existe otro mundo, maravilloso y fantástico, mucho mejor que el que está acostumbrado a frecuentar. Es un paraje natural al que vienen las familias en busca de descanso y paz. Deben de existir miles parecidos en distintas partes del mundo, también en su país, pero él no recuerda haber visitado jamás un sitio como este con ninguna de sus familias. Lo suyo fueron siempre los lugares plagados de gente, como si nunca hubiera necesitado momentos de soledad para sentirse bien. En este instante está disfrutando de un orden desconocido al lado de la mujer más hermosa del mundo y, para su desgracia, no sabe cómo tratarla. Pues habrá que aprender sobre la marcha si esto sigue adelante –se dice–. Pero si no es más que un sueño, lo recordará como el mejor que haya tenido nunca. Este día va a quedar grabado en un lugar destacado de su calendario por todas las cosas que le están sucediendo, a las que no está acostumbrado.

Marina juega con los cubiertos, mientras él mira atento el lugar como si estuviera guardando su recuerdo.

–¿Qué pasa, Diego? ¿Te sentís mal?

–Me siento ajeno, como te dije. No estoy en mi mundo.

–De eso me di cuenta –dice, mirándolo a los ojos afligida–. Lamento que no sea de tu agrado. De haber sabido que te ibas a sentir incómodo habría elegido un restaurante en la ciudad.

–¿Quién dijo que no es de mi agrado?

–Por la cara que tenés...

–¡No, por Dios! Te puedo jurar que, por esta vez, la cara no es el reflejo del alma. Al menos no lo es de la mía.

–Estás así desde lo que te dije en el puente. Es obvio que no te gustó oírlo.

–Ese es el problema, mija. Que sí me gustó. Como me gustó abrazarte.

–Y, más vale. Vos nunca has abrazado a una mujer –sonríe golpeándose la frente con la punta de los dedos–. ¿Cómo no te diste cuenta, Marina? ¡Qué tarada que sos!

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