En la cabaña del abuelo se reúne casi toda la familia a tomar el desayuno. Faltan Daniel y Andrea, que todavía no aparecieron y, al parecer, nadie se atrevió a molestarlos.
Como la casa es pequeña y la mesa instalada en la cocina no tiene capacidad para que se acomoden todos a un tiempo, lo hacen en dos grupos. Ahora, los más jóvenes que desayunaron en la primera tanda, se encuentran sentados en la sala, listos para salir hacia Pinamar en cuanto terminen los demás, regresen los que salieron a caminar y se les unan los que aún no se levantaron. Luisa, más inquieta que los otros, está observando a través del mirador que da a la terraza, a los turistas que se congregan en la cercana playa. Desde su posición, entretenida con el juego de los chicos en la arena, no le pasó desapercibida la llegada de Marcela y Nicolás, volviendo de su paseo matutino. Los reunidos charlan tranquilos y por nada esperan escuchar los gritos de Luisa, llamándolos mientras se pasea impaciente, una y otra vez, de la vidriera al centro de la sala.
–¡Los vi! ¿Me oyeron? –exclama entusiasmada–. ¡Los he visto!
Los mayores irrumpen desde la cocina, alarmados por los gritos de la muchacha.
–¿Qué es esta algarabía, mija? –averigua Rosalía–. Qué fue eso que viste?
–A Nicolás con Marcela. ¡Se están besando! –les cuenta emocionada, de nuevo parada en el mirador.
–¡Luisa, retírate de la ventana en este momento! –bromea Diego, llegando un paso por detrás con Marina de la mano–. Todavía eres muy chiquita para andar viendo esas cosas.
–Ay, Diego, tan chévere. –Carolina habría corrido al lado de la amiga para ver lo que está pasando, si no fuera por el qué dirán–. Ve contando, Luisa –la anima–. No hagas caso de lo que dice tu papá.
–Amaneció divertido el señor –lo torea Marina–. ¡Contá Luisa!
–Ah, pues. Si así es la cosa y todos me van a regañar, entonces yo también quiero ver qué está pasando allá –Diego se acerca resuelto a su hija y le pasa un brazo por los hombros–. Hazme un huequito ahí, pelada –luego se gira llamando a su mujer– Ven acá, Marinita. Ven, mi amor y fíjate bien en esos dos, a ver si nos pueden enseñar algo que no sepamos.
–¡Tú como eres de chistoso, papá! –Adela, contenta de ver a su padre feliz, se acerca también al ventanal– Seguro que ellos te van a enseñar algo que tú no sepas. Si nada más se están besando.
–Ajá. Pero presten atención, niñas, porque recién estamos presenciando el inicio de una relación importante. No lo vayan a olvidar.
–¿Por qué mejor no dejan la recocha y esperan a que sean ellos quienes nos digan qué pasó? Son una manga de chismosos, ¿oyeron? –les riñe el abuelo, conteniendo la risa–. Es así como empiezan los enredos. ¡Cojan oficio!
–No estás ni tibio, abuelo –replica Diego, con una risita artera– Hijo de tigre sale pintado.
En vista de que la pareja de la playa viene ya de regreso a la cabaña, los que están dentro se agrupan en la sala, simulando no haber visto nada, y esperan excitados a que hagan su entrada. Pero el hecho de que estén todos en silencio y nadie exprese ni siquiera un saludo, es suficiente para que Marcela sospeche y pregunte:
–¿Y? ¿En que andaban que se quedaron todos callados?
–¿Y vos qué pensás? Os estamos esperando para salir –responde Marina, dominando apenas una carcajada.
–¿Esperando nada más? –la reta la amiga con la mirada–. ¡Decí!
–Mejor dicho –interviene Diego, para terminar de una vez–. Desde acá no vimos nada, solo si ustedes nos van a contar. Y si no nos cuentan, tampoco importa, porque ya sabemos.
