34. SANTA MARTA/CAMPECHE

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Hace unas horas que David ha terminado la última ronda de entrevistas para la contratación de la nueva empleada de La Naviera. Ahora está en consulta con su papá, pues se tienen que poner de acuerdo en elegir a la persona apropiada para el cargo.

Sobre la mesa tienen las hojas de vida de los tres candidatos que juzgó más entusiastas. Se los muestra a don Ramiro, esperando que este le dé su parecer, no sin antes informarle de los créditos que presentó cada uno. Son dos hombres y una mujer; todos ellos jóvenes universitarios en su último año de carrera. Los dos muchachos aparentan estar bastante preparados, aunque tiene que reconocer que la chica demostró superarlos en muchos aspectos. Claro que, también sabe que no es del agrado de su papá contratar personal femenino en las oficinas de La Naviera, sobre todo si tienen que trabajar directamente con sus nietos. Obviamente, no porque tenga nada en contra de la labor que realizan las muchas y buenas profesionales empleadas en la empresa; los reparos los tiene con los muchachos, porque los conoce bien. En este momento, cuando los jóvenes todavía están en periodo vacacional en la universidad y los tres pequeños permanecen más tiempo en La Naviera, Don Ramiro dirá que solamente les hace falta tener al lado a una mujer bonita (aquella de la hoja de vida lo es), para que anden todo el día cazando pajaritos en las nubes.

–¿Tú qué opinas, papá? –averigua David al cabo de un rato, señalando las hojas de vida de los dos hombres y en último lugar la de la mujer–. Debemos optar por uno de ellos, pero ha de ser ya.

–¿Y a ti que te parecieron? –Ramiro confía en el buen criterio de su hijo–. Tú fuiste quien los investigó.

–Yo te dije. Ambos me parecieron preparados.

–Ajá, y la pelada, ¿qué? ¿La dejaste acá nada más porque es bonita?

–No, eso sí. Bonita, es muy bonita. Un bollito, como dirían los muchachos. Pero tú sabes que yo no me voy a fijar en eso, cuando es tan importante para la empresa solucionar este complique cuanto antes.

–¿Y entonces?

–La dejé como último recurso. Ahí, como para ver qué hacemos si no terminan de gustarte los varones.

–Déjate de embustes, David, que tú a mí no me engañas –sonríe el padre con picardía–. La dejaste porque reconociste que es buena. Quizás sea la mejor de los tres.

–Pues sí, papá, para qué; es buena. Mejor dicho: es muy buena. Pero como tú siempre pones pereques a que trabajen mujeres acá.

–Puedo hacer una excepción esta vez y de una comprobamos si estoy equivocado. ¿Verdad?

–Obvio que por mí no hay problema. Hay que ver qué opina Sergio.

–No creo que a él le importe demasiado, siempre que le dé una mano con ese mundo de papeles que tiene sobre su mesa. En todo caso, ya tenemos con nosotros a Carolina Solís y no armé ninguna bulla por eso. Los pelados están siendo de ayuda por lo que veo.

–¡Hombre, papá! Pero Carolina no aplica. A ella la conocemos desde chiquitica. No nos va a complicar nada.

–Sí. Yo sé –don Ramiro sonríe a su hijo con un gesto de astucia–. Por cierto. ¿Será que esa muchachita no se dio cuenta de la vaina?

–¿A qué te refieres?

–¡Pues a que tiene a Sergio embobado, mijo!

–¿También tú lo has notado?

–¡Pero claro! Si el muy tonto no disimula cuando la tiene delante.

–Pues sí, ¿no? –David sonríe a su vez–. ¡Qué cosita, con esta familia!

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