130. Viene pesada la mano

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De camino a la sala de espera, Diego le cuenta a Ariel cómo fue que se vino a enterar él de la feliz noticia. Ariel no termina de entender por qué su hermana les ocultó algo tan importante.

–Yo no sé. Lo que sí sé es que mi abuelo y Marcela estaban enterados.

–¿Y se lo guardaron? –se extraña–. ¿A nadie dijeron nada?

–A nadie, mijo. Así como te lo cuento. Pienso que ellos lo supieron desde el primer momento. De tal manera que yo quedé confundido al conocer la noticia por boca del doctor.

–Que loco, Diego. ¡No puede ser! –exclama Ariel indignado–. ¡Marcela me va a oír!

Tal vez Diego no le contó para enojarlo, ni siquiera para tenerlo de su lado en el supuesto de que los demás no entiendan como se siente. En cualquier caso, Ariel está tan confundido como él, y es así como llegan a la sala donde la familia continúa esperando noticias de Marina. Todos los ven llegar, sin embargo, ninguno tiene tiempo de preguntar cómo están las cosas, antes de que Ariel, enfurecido, se vaya hasta donde está Marcela y la increpe de malos modos ante el asombro de los presentes.

–¿Cómo has podido hacerme esto a mí? –le espeta airado–. ¿Y vos te decís mi amiga? ¡Sos de lo peor!

–Hacerte qué –se defiende ella con arrojo. Conociendo a Ariel sabe como viene la mano–. ¿Qué fue lo que yo te hice a vos?

–No haberme contado lo que estaba pasando con mi hermana.

–¿Cómooo?

–Vos lo sabías y no me contás...

–Eso es verdad, Marcela –Diego piensa, erróneamente, que ambos, juntos, van a poder culpar a la mujer de su supuesta falta–. Es obvio que, de haber estado enterados, esto se hubiera podido evitar.

Pillada por sorpresa, Marcela los mira de hito en hito. Es evidente que le están reclamando por no haberles confiado la sorpresita que les tenía Marina. No obstante, a sus años, tiene bastante claro cuáles son sus prioridades y, evidentemente, no son ninguno de aquellos dos desubicados, que se atreven a desafiarla a ella, por miedo a enfrentar sus propias culpas y a don Sebastián. Mira por un instante al abuelo, como si pidiera su consentimiento para defenderse de la agresión que está sufriendo, y la sonrisa del hombre le dice "adelante". Aunque también tiene claro que, así él no hubiera dado su beneplácito, ella no se va a quedar callada.

–Bajále un cambio, Ariel. Parála ahí –le dice, todavía procurando suavizar el encuentro que se viene–. Cortála. Y si estás con bronca, es tu problema. Te la bancás.

–Pero Marcela... –se queja Diego a su vez, esperando que ella entienda como se siente y le dé la explicación que cree merecer–. Tú debiste contarnos. Marina...

–¡Ah, sí? ¿A vos te parece?

–Más vale que sí –responde Ariel por los dos– Aunque nomás sea...

–Aunque nomás sea, ¿qué? ¡Par de tarados! –lo ataja ella–. Eso es lo que son ustedes: ¡un par de pelotudos!

–Aceptálo. Linda macana te mandaste, loca –insiste Ariel, logrando lo que tal vez no buscaba: enfurecerla.

–Ahora, yo me vengo a preguntar... –Los mira rabiosa, aunque todavía contenida–. Ustedes dos, ¿qué se pensaron?

–Vos a mí me debés un poco de lealtad.

–Yo a vos no te debo nada. ¿Me oís?

–Pero Marcela –tercia Diego–, entiende que debiste contarnos...

–A ver si logro que entienden ustedes, cosa que parece difícil –echándole una mirada inquieta, decide dejar a su jefe para más tarde, no sin antes sugerirle–. Vos ahí, quietito. –Luego se va directa al amigo–. Y bueno, para empezar. Como acá somos todos grandes y no nos asustamos por pavadas, no me voy a privar ni un cachito –con su dedo índice extendido, le puntea varias veces en el pecho, lo mira a los ojos sin temor y suelta sonriendo mordaz–. Oíme bien, macho...

La Peor de Mis LocurasStories to obsess over. Discover now