Ya pasó más de una semana desde que Diego y Luisa regresaron a la Argentina, después de la celebración del aniversario del abuelo arruinada a medias, tras la salida de Marina de la casa. Daniel y Andrea también alistaron sus maletas y emprenden viaje esa misma noche, calculando que podrán estar el fin de semana en su casa de Campeche. La verdad es que todo ha cambiado en los últimos días; ahora hay un antes y un después, teniendo como eje la fiesta de aniversario de don Sebastián. Como si los problemas creado por Valentina bajo el manejo de su mamá, les hubieran abierto los ojos respecto a la consideración que se deben los unos a los otros. Incluso los más jóvenes parecen haber madurado de golpe, al presenciar los insultos y vejaciones que tuvo que sufrir la mujer, a los que tuvo que hacer frente sola y como mejor pudo. Entienden que su tío no se haya quedado el tiempo que tenía previsto. Como también comprenden que se viera obligado a ponerle una llave a la puerta de su prima antes de partir. Pero no están muy contentos con la idea de tener que aguantar el mal carácter de la muchacha, ahora que la dejaron en la casa al cuidado de la familia y sin su mamá.
En modo alguno es agradable tener que soportar a Valentina todo el día. Menos cuando se dan cuenta de lo asombrosamente malcriada que puede llegar a ser y lo espantoso que es su comportamiento con todo el mundo. Por más que la abuela y Rosalía hagan oídos sordos a las rabietas de la joven y traten de suavizar el entorno y el mal ambiente que se vive en La Casona, no les resulta fácil cuando Valentina inventa hasta lo imposible para enfrentarlos entre ellos, solo por darse el gusto verlos pelear. En cualquier caso, es Adela quien se lleva la peor parte en las agresiones de su hermana, pues siendo la única que le presta alguna atención es contra quien van dirigidas las puyas y ataques producto de su mal genio. Ha llegado al punto culparlas –a ella y a Irene–, por el castigo degradante que le impuso su papá.
Valentina puede seguir tranquilamente con sus verraqueras, pero los muchachos ya se hicieron un imaginario escudo protector que los defiende de los manejos y las malas mañas de su prima. Sin embargo el verdadero problema, a juicio de la abuela, es el modo en que ellos le muestran su indiferencia y lo poco que les importa su estado emocional, bastante inestable por cierto, que ella trata de esconder con su gesto de "todos me importan un pepino", cuando la realidad es que está sufriendo. Sus primos la dejan de lado cuando planean sus salidas de fin de semana o cualquier diversión que antes hubieran compartido. Además, siendo que siempre estuvo con ellos y Valentina no conoce a otras personas fuera de ese círculo con los que pudiera formar un combo, es de suponer que se siente muy sola. Sin ir más lejos; el fin de semana anterior estuvieron cada quien por su lado como suelen hacer a veces, pero Valentina se quedó en la casa porque nadie la invitó a sumarse a ninguna de las salidas. Héctor pasó unos días fuera, de excursión por el Parque Tayrona con unos compañeros de la universidad. Raúl estuvo en la Naviera ayudando a su papá con el acomodo de algunos documentos importantes. Sergio, Javier, Adela y Eduardo, fueron invitados por Carolina a su cabaña de la playa, donde la muchacha tenía una agradable sorpresa para el hijo menor de Rosalía.
Precisamente en esto anda pensando Javier mientras toma sol tumbado en una hamaca, al borde de la piscina de La Casona, con Sergio al lado, sin molestar, porque se ha quedado dormido.
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Su hermano dijo que, si bien no habría mucha parranda, igualmente iban a pasar delicioso el fin de semana. Aunque Javier no vio por ningún lado su parte de diversión en el paseo; si va a estar acompañado por dos parejas que pasan todo el tiempo prodigándose mimos y sin nada mejor que hacer en medio de la nada, seguramente será puro tedio. Pero en cualquier caso, es preferible la salida con ellos, cuando la otra opción es quedarse en la casa aguantando el mal humor de su prima Valentina. Ya se hizo a la idea de que tendrá que pasar las horas nadando en solitario en alguna calita poco peligrosa. En el peor de los casos, puede tostarse tumbado en la arena y, en el mejor, inventar alguna vaina con lo que mamarle gallo a los otros.
