61. Fernanda Valdés

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En la sala nadie ha vuelto a hablar sobre el problema desde que salieron Rosalía e Irene. Todo lo más que se oye es, de cuando en cuando, algún murmullo producido por el cuchicheo de los muchachos que, discretamente, comentan los manejos de su prima procurando que los mayores no reparen en ellos. Tan solo al ver regresar a Irene, con semblante grave y preocupado, callan a la espera de que les diga como dejó a Diego. Sin embargo, ella no mata su curiosidad. Va directa al rincón de la sala, donde don Ramiro y su esposa se mantienen en silencio, ansiosos por conocer el estado de su hijo y rezando para que de una vez se acaben los problemas de tan infortunado día, y les dice con voz queda.

–Eugenia, Ramiro, discúlpenme. Diego bajó conmigo.

–¿Él está bien? –averigua Eugenia angustiada.

Irene siente la misma ansiedad que ellos y le gustaría poder hacer algo más, pero entiende que solo él puede atajar un asunto tan complicado y es lo que pretende hacer con el apoyo de sus padres.

–Está en el despacho. Quiere hablar con ustedes para comunicarles lo que ha decidido hacer.

–Gracias, mija. –En los últimos tiempos Eugenia la mira de manera distinta; incluso la trata con afecto, cuando antes parecía indiferente a su presencia–. ¿Cómo quedó? Furioso me imagino.

–Se lo llevan los demonios, mejor dicho.

–¿Verdad?

–Ajá. Aunque yo lo vi más complicado que furioso. Obviamente, porque no entiende qué le está pasando a Valentina. Pero tengan fe –los anima–, porque yo creo que Diego sí va a tomar las riendas.

–¡La Virgen del Carmen te oiga, Irene! –la señora le aprieta la mano con un gesto de alivio–. Falta nos está haciendo.

–Vamos, pues, mi amor –la insta don Ramiro tomándola del brazo–. Salgamos de esto de una buena vez.

Irene va a reunirse con Rosalía y al rato se les unen Andrea y Alejandra. Los esposos de estas comentan con el abuelo y Manuel Solís, asuntos referentes a la empresa, procurando pasar por alto el verdadero problema que preocupa a la familia.

En cualquier caso, enseguida van a poder salir de la incertidumbre y ver por sí mismos como se encuentra Diego, pues el matrimonio regresa al rato acompañado por su hijo, llamando la atención de los que se están en la sala. Bien es cierto que todos están preocupados por él, pero ante la tensión que están viviendo, se limitan a observarlo por un instante, rehuyendo como pueden sus ojos irritados por el llanto. Intentan no dejar ver un ripio de compasión, porque saben que no se lo merece y sobre todo porque entienden su dolor y lo respetan. No obstante, cada uno de ellos va a estar pendiente por si Diego los pudiera necesitar, aunque de momento se ciñen a esperar que sea él quien hable y les cuente como se siente.

Mientras los demás evitan mirarlo de frente, Fernanda y Valentina, crecidas al creer que lograron ganar la batalla con la marcha de Marina, sí se atreven a encararlo, incluso con una sonrisa cínica en los labios. Rosalía, a distancia, no las pierde de vista; sin ocultar las ganas de soltarles un bofetón que borre el gesto de soberbia que lucen. No obstante, ella también espera hasta ver qué tiene pensado hacer su hermano; confiando en la sensatez de la que siempre hizo gala, que sabe no le va a fallar. Y por fin Diego, con toda la calma que es capaz de sostener en aquel momento, habla para dirigirse con suavidad a su hija mediana, que lo mira compasiva desde el sofá, con la pequeña a su lado.

–Luisa, mi amor. Acá nosotros ya no tenemos nada que más hacer –dice, parado a su lado–. Ve para el cuarto y empaca tus cosas. Salimos mañana en la mañana de regreso a Mar del Plata.

–Bueno, papi. Enseguida me pongo en eso –responde al instante, levantándose resuelta del sillón–. Vas a ver que no me tardo.

–Yo te doy una manita. ¿Me permites? –se ofrece Adela, inquieta a su vez, deseando, como ella, huir de la sala.

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