128. Rozar el límite

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Inevitablemente, a pesar del regreso de Diego, o a causa del mismo, tenía que ocurrir. Marina tenía que sucumbir en algún momento y venirse abajo. Por más que Marcela haya confiado en su fortaleza física. Por más que su mente haya querido mantenerse en pie, su cuerpo no da más de sí. Han sido demasiadas emociones encontradas bullendo en su pecho y todas se le vinieron encima en pocos días. Una tras otra, sin darle tregua, se abalanzaron sobre ella para acabar fundiendo su resistencia al dolor.

Los problemas con Valentina, que por más que haya querido dejar de lado para que no le afecten, estaban ahí presentes un día tras otro, haciéndose fuerte en contra de su voluntad. Los frecuentes alejamientos de Diego, que le rompieron el corazón cada vez, dejándole una herida que tarda en sanar. El último de sus viajes, precisamente cuando más lo necesitaba a su lado. La incomprensible detención de su hermano, que la llevó a sufrir en silencio, por si los demás no comprendían lo que estaba sintiendo. El enfrentamiento con Víctor Alemán, de quien un día, por suerte ya lejano, creyó estar enamorada. La inquietud por el juicio. La obligación que se impuso, de tener que recordar aquellos momentos dolorosos en los que fue traicionada. Los problemas con los Steiner. Pero sobre todo, su embarazo: la zozobra de tener que contarle a Diego lo que no hizo a su debido tiempo, y el saber que ahora sí tiene que hacerlo.

Sin querer, todo se le ha ido almacenando adentro. Por dentro y por fuera se ve rodeada de complicaciones. Pero ella no ha sabido, o no ha podido, dejarle una vía de escape a toda esa angustia contenida. Y de repente, la inesperada llegada de Diego, es la válvula por la que se evapora la constancia que la venía sosteniendo en pie. Lo que pasó hasta acá lo ha podido soportar inquebrantable, creyendo que no le afectaba en absoluto lo que sucedía a su alrededor. Sin Diego a su lado, ella se impuso el deber de cuidar de la familia. Por más que Rosalía, Marcela, Andrea, e incluso el abuelo, la reprendieran para que se alejara un poco de las complicaciones y se cuidara más, no les prestó atención. Prefirió mantenerse firme, segura de que nada la iba a vencer. Sin embargo, la emoción de verlo en la casa, frente a ella, cuando ni siquiera lo esperaba, fue la chispa que hizo saltar la espita de su coraje; como si la protección que su presencia le brinda, haya hecho aflojar la tensión, ahora que sabe que él la va a cuidar.

Lo despide con una sonrisa en la puerta del cuarto, haciéndole prometer que regresará lo antes posible. Se gira presurosa para volver a entrar y hacer lo que él le ha pedido, feliz de tenerlo al fin en casa, repasando todo lo que tiene que alistar en tan poco tiempo: terminar de empacar sus cosas en las maletas, darse una ducha rápida y estar preparada para cuando él vuelva del despacho. Sin embargo, así como da el primer paso, para cerrar la puerta y ponerse en marcha, comprende que nada de lo planeado lo va a poder llevar a cabo. De pronto siente como toda la agitación de las últimas semanas cae, pesada como el plomo, sobre su cabeza. La habitación comienza a girar en torno suyo, un temblor extraño la va debilitando, y comprende que ni siquiera le va a dar tiempo de alcanzar un lugar que la sostenga, antes de terminar en el piso, sin haber podido pedir auxilio a los demás habitantes de la casa. Como en un sueño se va dejando caer en el abismo que se abre ante ella, hasta que las tinieblas se adueñan de su mente, perdiéndola en la nada.

(Más tarde, lo único que Marina podrá recordar, es haber sentido en ese instante una urgente necesidad de descansar. Dormir durante muchas horas seguidas y que, al despertar, los pesares que la afligen hayan sido un mal sueño, que va a poder olvidar fácilmente).

Allá, tirada en el piso, la encuentran Luisa y Sofía, cuando Rosalía las manda a buscarla, para que baje a tomar una picadita con ellas, ya que el almuerzo se va a demorar un rato más, hasta que lleguen los hombres con Marcela de la Naviera.

Las muchachas suben alegres, comentando la inesperada llegada de Diego y lo felices que se veían los dos juntos, sin imaginar que su propia dicha les va a durar poco: lo que tardan en llamar a la puerta del cuarto y no recibir respuesta desde dentro. Es entonces que se miran alarmadas.

La Peor de Mis LocurasStories to obsess over. Discover now