68. SANTA MARTA/CAMPECHE

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El despertador, sobre la mesita de noche, comienza a sonar exactamente a las siete treinta. Alejandra lo apaga suavemente alargando la mano y vuelve a meterse bajo las sábanas; tres segundos después salta fuera poniendo los pies en el suelo. Esta mañana, como todas las mañanas desde que se casó con David Álvarez de Arauca, hace de esto veinticinco años, es la primera de la casa en pararse de la cama y comenzar la jornada. Como otras muchas veces, mira a su esposo profundamente dormido y suspira antes de dirigirse al baño para darse una ducha, vestirse luego y bajar a la cocina. La sirvienta ya le tendrá preparado el primer tinto del día bien caliente, que ella tomará como siempre de pie al lado de su perro, que la espera impaciente por salir a dar su paseo matutino por los alrededores de la casa. También, como siempre, en su interior guarda la esperanza de que un día David la sorprenda abriendo los ojos y diciendo: "Buenos días, mi amor. Dame un segundo y te acompaño". Pero eso no va a suceder nunca. Ni siquiera un domingo, como hoy, cuando él no tiene la excusa de salir de afán para La Casona, donde le espera su familia con la que tomará desayuno antes de marchar todos juntos a la Naviera.

Hoy, además está más segura que nunca de que no la va a sorprender ni con esto ni con nada. Por el contrario, milagro será que se dirijan la palabra después de la discusión que sostuvieran la noche pasada, en la que se trataron a los gritos llegando incluso a perderse el respeto en algún momento. Una pelea terrible, como nunca antes habían tenido. Porque ellos dos, compenetrados el uno con el otro, jamás pelearon y siempre dialogaron. Pero esta vez a ambos se les fue la mano, quizás por la falta de costumbre.

Las órdenes recibidas de su familia por boca del abuelo Sebastián, fueron las que dieron inicio a la discusión. Un mandato que de algún modo viene a trastocar sus vidas; algo en lo que ella no está dispuesta a ceder, aunque sabe que él no se va a poder negar. Por más que Alejandra se queje, patalee e incluso amenace con el divorcio, a David no le queda más remedio que atenerse a las órdenes y seguir el plan que le marca la familia y eso no tiene vuelta de hoja.

Sentada en la cocina mientras toma su café, recuerda con tristeza las crueles palabras de su esposo, cuando ella se negó a continuar doblegándose a los deseos de ellos.

–Ven acá, David. Tú no me puedes exigir que lo abandone todo por la bendita Naviera –le dijo, todavía sin exaltarse–. ¡Son nuestras vidas! ¡Es nuestra propia familia!

–Entonces, como para yo saberlo... ¿qué será lo que tienes ahora en contra de "mi" familia y "la bendita Naviera"? ¿Será que te olvidaste que yo me debo a ellos y que todos nosotros les debemos consideración?

–¿Y quién me debe consideración a mí?

–¡Se trata de respeto!

–¡Respeto sí, pero no pleitesía! Y eso es lo que tú haces; rendirles pleitesía postrándote a sus pies.

–Si así lo hiciera es porque se lo debemos. Lo que somos, lo que tenemos... se lo debemos a ellos.

–¡Ay, no, que fastidio! Mejor dicho: me disculpas que discrepe, mi amor. Querrás decir que tú se lo debes –Alejandra se estaba alterando y no era eso lo que quería. No obstante, por primera vez en su vida se exaspera ante la anuencia con la que actúa David–. Ni mis hijos ni yo necesitamos nunca el dinero de tu familia para vivir como vivimos.

–¡Ah no, pues que dicha la mía! ¡Doña Alejandra tiene su propia fortuna! ¿Cierto? –ironizó él de mal genio–. De manera que lo que yo tenga que hacer por nuestra familia, carece por completo de importancia.

–Estás siendo injusto conmigo.

–¿Por qué? ¿Por qué te pido que hagas un último sacrificio, que ni siquiera es por mí sino para ayudar a mi hermano mayor?

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