El vuelo en el que llega Valentina toma tierra en el aeropuerto de Mar del Plata a las 11:00. Casualmente, a esa misma hora despega el que hubiera tenido que tomar Marcela para viajar a Mendoza.
Rosalía y Luisa están nerviosas. ¿Qué tal si a Diego se le ocurre averiguar, porqué la amiga no ha venido con ellos para tomar su vuelo? Después de haber tenido casi que obligarlo para que las acompañara a recibir a su hija, no quisieran tener un nuevo altercado con él a cuenta del engaño. Pero si no les queda otro remedio tendrán mentirle y, si es preciso, convencerlo de que Marcela va a tomar un vuelo en la tarde. Obviamente, rezando para que a él no se le ocurra ponerse en más averiguaciones y quiera saber si realmente hay otras salidas con destino a Mendoza ese día.
En todo caso, parece que están de suerte. Diego no tiene ánimo para preguntar nada a nadie y mucho menos por el paradero de su asistente que, si bien estima, no es en modo alguno su mayor prioridad en estos días. Claro que mira de cuando en cuando los grandes paneles que indican las salidas y llegadas, supuestamente interesado por el arribo del vuelo de Valentina, pero la verdad es que sus ojos no vieron otra cosa que los vuelos con destino Buenos Aires, pues este es el único lugar al que quisiera viajar en busca de Marina.
Es la primera vez que Valentina pisa suelo argentino y ciertamente le hubiera gustado que fuera en otras condiciones, no de aquella manera tan acelerada e insólita. En este momento se siente cohibida, incluso apenada por lo que hizo; sobre todo porque sabe, perfectamente y sin necesidad de que se lo digan, que su familia la está acogiendo en Argentina en calidad de por obligación y no con el beneplácito que ella hubiera querido, así sea que vaya a vivir con su hermana y cerca de su padre. Ni siquiera se imagina el recibimiento le van a dar, si es que alguien llega a recibirla. Pero con los problemas que creó en Colombia, no le quedó más remedio que acatar las órdenes que le dieron sus mayores, sin derecho a réplica.
Durante el largo vuelo que la llevó de un país a otro, tuvo tiempo para recordar lo ocurrido y reflexionar acerca de lo que hizo.
Cuando llegó a La Casona en la noche –después de haber pasado la mañana con su mamá y deambulando por la ciudad el resto del día–, la abuela estaba furiosa con ella y los demás tampoco se mostraron dichosos porque hubiera regresado. En lugar de eso, Eugenia había ordenado a Juana y a la Nana (Alejandra se ofreció amablemente a colaborarles para hacerla más corta), que empacaran sus pertenencias a la mayor brevedad posible, porque salía para Mar del Plata al día siguiente. Nadie, ni siquiera su mamá, tuvo el atrevimiento de contradecir las instrucciones dadas por la señora de la casa. Ni sus primos ni sus tíos. Tampoco los abuelos que, aunque no expresaron su opinión, dejaron ver con su silencio que estaban de acuerdo con la decisión tomada. Ninguno de ellos tuvo tampoco una palabra de apoyo para ella ni le desearon que todo le fuera bien en su viaje al exterior. Con eso Valentina entendió que los miembros de su familia, iban a respirar aliviados desde el momento en que la supieran lejos de sus vidas. Así se vio, empacada con sus maletas, viajando a un lugar que, si bien deseaba visitar desde hacía tiempo, ni en sus peores pesadillas hubiera deseado hacerlo en aquellas condiciones. Evidentemente, le habría gustado que fuera su papá quien la mandara a buscar en buenos términos. Pero no. Habían sido la abuela y su tía Rosalía quienes decidieron su destino, sin dejarle ni un pequeño hueco por el que salir airosa. Y su mamá... Fernanda se limitó a darle un poco de fuelle, al acercarse a ella cuando nadie las miraba para susurrarle al oído que esa era la idea: que todo les está saliendo según lo planeado, porque lo que les conviene a las dos es que ella viaje a la Argentina, antes de que su papá tenga tiempo de encontrar a aquella mujer.
Valentina cree estar haciendo lo correcto obedeciendo a su mamá, colaborándole en lo que puede. Piensa que eso, lo que ella hace, es lo que debe hacer una buena hija, aunque se esté poniendo a todo el mundo en contra. Sin embargo, en este momento, al estar cerca de su destino final comienza a sentirse inquieta; excitada ante la proximidad de su papá y de la complicación que supondrá que él todavía la crea culpable de la huida de Marina. Pero nada le dice que esté pasando lo contrario. Sin duda, ahora que la tiene cerca, Diego encontrará el tiempo y la ocasión para reprocharle lo que hizo. Y si eso sucede, ¿qué puede hacer ella, sino aceptar el regaño sin poner en evidencia a Fernanda? Su viaje es comprometido, no solo por las circunstancias que la obligaron, sino por el encargo que trae. Expulsada literalmente de La Casona, viniendo a caer en tierra hostil, a un lugar en el que definitivamente no va a ser bien recibida por nadie, va a tener que hacer buena letra si quiere que la "crean" inocente. Su cometido es mantenerse atenta en todo momento, superando los enredos de los otros y ver si puede ganarse la confianza de su padre para levar a buen puerto los deseos de su mamá.
