80. VALERIA/MAR DEL PLATA

27 5 1
                                        

En Valeria, como siempre, tienen todo el tiempo para ellos. Para consentirse, mimarse, cuidarse y disfrutarse mutuamente tanto como desean. Dando largos y tranquilos paseos por la playa, mientras hablan de las cosas que los unen y los desunen: del tiempo que estuvieron separados; de ellos y de los otros; de sus sentimientos; del pasado y del futuro. En esta nueva oportunidad de conocerse mejor y amarse como dos locos, se está regalando esa paz que tanto necesitaban.

Hace unos minutos que regresaron de uno de sus paseos vespertinos, descalzos por la arena, aprovechando la tranquilidad que les ofrece el mar que los acompaña y la soledad de la playa, apenas transitada por algún turista ocasional, que sienten les pertenece. Para ellos son relajantes estos paseos. Pero también lo es sentarse en cualquiera de los corredores de la casa y deleitarse con el silencio que los rodea. Precisamente, en el corredor delantero están ahora, arrellanados en el balancín tomados de la mano. Llegaron riendo por el último comentario que hizo Diego sobre la conversación que traían, y ahora se miran sonrientes hasta que él le pregunta.

–¿Al fin me vas a contar?

–¿Qué cosa, amor?

–Aquellas cositas que tenían que hablar a solas con Andrea. Recién lo recordé. No me parecieron cositas, sino cosotas, por como insistió en que las dejara solas.

–¡Haceme el favor, lo chusma que sos! –lo ataja ella riendo, mesándole el cabello con los dedos–. No te voy a contar. Son secretos de mujeres.

–Pero lo voy a saber en algún momento. ¿Verdad que sí?

–Sí. En algún momento lo vas a saber –acepta, sin ofrecerle más detalles. Pero sabe que en su mente está evaluando el alcance del misterio–. ¿Qué imaginás?

–No, nada. Nomás calculo qué puede ser.

Por un momento permanecen en silencio. Diego sonriendo avispado; pensando que el secreto que tiene con su cuñada no es tan difícil de imaginar. Ella ensimismada; perdida en sus propios pensamientos. Hasta que al rato Marina se atreve a indagar, esperando que él no relacione su pregunta con el secreto de Andrea, aunque tampoco le importa si lo hace.

–¿Con vos podemos tener hijos?

–Ven acá, mi amor –la mira con el ceño fruncido, sonriendo aún–. ¿Qué clase de pregunta es esa?

–De las que tienen dos opciones y una sola respuesta –replica ella–. Dale.

–Pues no te estoy entendiendo. No sé qué es lo que quieres saber. ¿Si nosotros vamos a tener hijos, o si los queremos tener?

–Es fácil de entender, ¿viste? Vos ya tenés una familia –al instante rectifica–. Bah. Tenés dos familias.

–¿Y qué con eso?

–Que quizás no quieras tener más hijos.

Diego abandona apresurado su lugar en el balancín, al lado de Marina. Arrastra uno de los sillones individuales y se acomoda enfrente, desde donde puede mirarla a los ojos.

–A ver, mi amor. Ponme cuidado y te explico una cosita –le toma las manos entre las suyas, como si con el contacto pudiera trasmitirle mejor sus sentimientos–. Yo amo a mis hijas; las amo a las tres por igual. Pero ninguna de ellas fue buscada por mí y tampoco deseada.

–Diego...

–No, mi vida. Que no te parezca extraño lo que te digo. Te juro que te lo digo con el corazón.

–Pero...

–Recién había cumplido veintiún años en el momento de nacer Valentina. Apenas tenía veintitrés cuando Luisa... y todavía no alcanzaba los veinticinco cuando vino Adela. Obviamente, mi juicio en esos años era el mismo que tiene un coco. Yo nunca quise tener hijos a esa edad. Mejor dicho –le sonríe, seguro de no errar con el ejemplo que le va a poner–: si en este momento mi sobrino Javier tuviera un pelado, te puedo asegurar que sería mil veces más juicioso y responsable de lo que yo lo era en aquel tiempo. Créeme.

La Peor de Mis LocurasStories to obsess over. Discover now