Ariel ha elegido un lugar tranquilo y alejado del centro para almorzar con las mujeres. Tiene que complacer a Valentina, pero además quiere que, tanto Marcela como Luisa, se sientan cómodas; sin demasiados agobios ni ruidos que las distraigan y no les permitan estar pendientes de sus actuaciones delante de la muchacha. El hombre sonríe pensando qué tan buenas actrices serán las dos, pero sobre todo, de qué manera él va a poder ayudar a que salgan airosas de cualquier complicación que se les presente. Está nervioso; mucho más de lo que desearía, pero tiene que ubicarse en la situación y mantenerse a la altura, por él, por Valentina y por las amigas que le están dando una mano con su problema. Ruega para que todo vaya bien y, seguramente, gracias a su prestancia serena y firme antes los retos más duros, lo va a lograr. Sin embargo, eso no impide que le vuelen mariposas en el estómago cuanto se acerca la hora de encontrarse con las mujeres a la entrada del restaurante.
Camina de un lado a otro recorriendo la vereda, subiendo y bajando del cordón a causa de los nervios, hasta que al fin las ve llegar a lo lejos y respira aliviado por un segundo. Vienen riendo, entretenidas, tras bajar del auto que maneja Marcela. Ariel no sabe porqué, pero verlas juntas, aparentemente felices, termina por tranquilizarlo del todo. Probablemente ellas han venido preparándose para el encuentro, por lo que él solamente va a tener que seguirles el juego de su teatro. O así al menos espera que suceda para no terminar, en aquel mismo instante, con una de las pocas relaciones que le interesa conservar en la vida. Ya no solo por lo que concierne a su hermana, sino por el mismo, que recién se dio cuenta, no le va a ser fácil seguir adelante si pierde la compañía, las risas y el mal genio de Valentina Álvarez de Arauca.
–¡Hola, mi amor! –lo saluda esta, adelantándose a besarlo con una sonrisa radiante–. Casi que no llegamos.
–¡Hola, mi chiquita! Igual pensé –Ariel trata de parecer relajado, pero no se le escapa la sonrisa burlona de Marcela. Incluso inventa el comentario irónico que ella hubiera hecho en otro momento–. ¿Qué pasó? ¿Se vieron complicadas y no sabían cómo llegar?
–¡No, que va! –replica Valentina, orgullosa–. Marcela es muy buena manejando. Es el tránsito de esta ciudad que esta terrible –volviéndose a sus acompañantes, lo anima–. Ven acá y hago las presentaciones.
Entonces sí, Ariel tiembla por un instante, si bien en su fuero interno sabe que después del primer contacto, las cosas van a ir mejor. Las ve acercarse, Marcela más decidida que Luisa, tirando de esta, y les ofrece una de sus más dulces y cautivadoras sonrisas.
–¡Hola, chicas! ¿Cómo están? –se muestra alegre, como si quisiera transmitirles su optimismo–. Un placer conocerlas.
–Él es Ariel, de quien ya os he hablado –Valentina lo toma del brazo, aproximándolo. Las otras dos hacen lo imposible por no esquivar la mirada de la muchacha y sonríen distraídas–. Ella es mi hermana, Luisa. Y acá Marcela Luján, una muy buena amiga.
–Bienvenidas. Y les agradezco porque este encuentro me acerca un poco más a Valentina.
–Igualmente, Ariel –lo saluda Marcela tendiéndole la mano, pero él da un paso al frente y se acerca a besarla en la mejilla, momento que ella aprovecha para susurrarle entre dientes–. ¡Pelotudo! Te juro que esta me la voy a cobrar.
–Lindas, las dos –replica él con una mueca sutil, por no reír abiertamente ante la provocación de la amiga, antes de acercase a saludar a la joven–. ¿Luisa es tu nombre? ¡Sos hermosa!
–No sé, Valentina –Marcela mira a Ariel con su sonrisa burlona–. No sé qué de bueno tenga el galán que te buscaste, ¿viste? Por lo pronto adulador sí es.
–No tomes en cuenta a Marcela, mi amor –le advierte ella riendo–. Es así siempre con todos. Pero es una linda persona.
–Y sí, me imagino –luego mira a la nena e intenta que entre a formar parte del juego, antes de que comience a sentirse mal y lo estropee–. ¿Y vos Luisa? Por ahí tenés también algún halago para mí.
