Hace rato que todos se fueron a dormir. Rosalía, como siempre, se demora un poco más, ayudando a la Nana para que todo quede en orden en la casa. El día estuvo bastante agitado, pero finalmente pudieron terminar la comida en buena armonía, conversando sobre asuntos que no causan inquietud. Ahora, por fin, van a poder descansar por unas horas.
Es la una de la madrugada cuando la mujer pasa ante la puerta del cuarto de Daniel y Andrea. Oye que hablan en susurros, seguramente comentando la disputa que tuvo Diego y las órdenes que dio luego. Bueno, pues quizás no estén de acuerdo con ellas, pero como quiera que sea, todos van a tener que acatar y seguir las reglas, si no quieren tener más problemas con él. La vaina que hicieron las peladas fue delicada; muy delicada, mejor dicho. Y aunque su hermano no debió excederse, hablándole a Marina como lo hizo delante de todos, cuando tenía que haber comprendido que a ella todavía no se le alcanzan los riesgos que corre, también entiende que Diego se llevó el susto de su vida al suponerla en peligro. Pero ellos ya debieron solucionaron ese problema y él le habrá explicado a qué está expuesta mientras permanezcan en la ciudad. Lo importante es que ella haya entendido que, desde el momento en que forma parte de la familia Álvarez de Arauca, tiene que cuidarse, o cuando menos, dejar que la cuiden.
En el cuarto de Diego, Rosalía no escucha ruido alguno, por lo que imagina que estarán durmiendo hace rato, como la mayoría. Viendo que todo está en calma se va tranquila y feliz a su propio dormitorio, rezando para que el día de mañana no resulte tan ajetreado como el que tuvieron hoy.
Y es cierto que Marina y Diego están en silencio, pero no dormidos. Un momento antes volvieron sobre el tema de los escoltas y las obligaciones de seguridad que él impuso a todos. Realmente ella no acaba de comprender cuál es la complicación que tienen, por lo que espera que le aclare por qué, en su anterior visita a Santa Marta, la vigilancia sobre los miembros de la familia no era tan estricta como lo es ahora.
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–Mi amor, entiende. Es verdad que antes la vigilancia no era tan severa ni yo tan exigente –responde a su inquietud, recostados ambos en la cabecera de la cama–. Lo que sucede es que, cuanto más crece la familia y más poderosos nos hacemos, obviamente, también nos convertimos en un bocado más sabroso para la delincuencia de este país.
–¿En serio no estás exagerando?
–Que va. ¿Cómo crees que voy a exagerar con una cosa así? Para nada.
–Es una ciudad muy tranquila. No veo el peligro que vos decís.
–Y tienes razón; Santa Marta es una ciudad tranquila y bella. Pero si mi papá se puso en el trabajo de crear nuestra propia empresa de guardia y custodia, te puedo asegurar que no lo hizo por nada. Ponle cuidado al viejo que él sabe de esas vainas.
–¿Alguien los amenazó?
–Lamentablemente. Amenazas a la familia siempre ha habido. Pero parece que las últimas son cosa seria, sino don Ramiro se habría puesto en estas.