108. Para volver a empezar

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Desde una de las terrazas de la primera planta, Luisa ha estado presenciando la escena, escondida detrás de una pilastra; procurando no ser descubierta por ellos y tampoco por su tía, que le hubiera montado un bochinche si la llega a ver espiando a su papá. Con los ojos aguados por la ternura que le provoca verlos juntos de nuevo, no puede evitar quedarse allá parada, viendo como se besan y se miman el uno al otro. Solo un momento antes de que ellos se decidan a entrar, baja corriendo la escalera principal, convocándolos a todos con sus gritos.

–¡Volvió papá! ¡Mi papá regresó!

–Ajá, Luisa, ¿a qué viene tanta alharaca? –Adela sala a su encuentro desde la sala–. ¿Qué es esa bulla que estás armando?

–¿Tu no me oíste? ¡Mi papá regresó!

–Sí, pero ¿por qué bajas llorando? ¿Le pasó algo a mi papá?

–No.

–¿Y entonces?

–Ven, vamos –le exige a la hermana sin darle explicaciones, arrastrándola detrás–. ¡Apúrate!

–Dime al menos por qué lloras –la pequeña la sigue confundida, pero ve llegar a la pareja, tomados de la mano, y entiende la emoción de Luisa.

Sin esperar a que ellos reaccionen a su repentina presencia, las muchachas corren excitadas al encuentro de los dos. No obstante, pasan al lado de su padre y van a abrazar a Marina, que las recibe con una sonrisa.

–¡Gracias, mi maravillosa amiga! –Luisa la abraza alborotada–. Mil gracias por traernos de vuelta a mi papá.

–Ay, sí, Marina. Mil gracias, de verdad –reitera Adela, abrazándola a su vez–. ¡Qué dicha verlos juntos otra vez!

–Me complace verlas tan felices, en serio. Pero no se equivoquen. Yo no vine a devolver a su papá. Lo traje para que lo consientan, un ratito nomás.

–¡Que tal como me tratan estas traidoras! –protesta Diego, parado frente a ellas, feliz de verlas tan unidas–. Hablan de mí como si yo no estuviera. Pasan al lado de su papá y su papá está pintado en la pared –se aleja unos pasos con gesto ofendido–. ¡Lindo pues! Pero ya dice el refrán: cría cuervas y te sacaran los ojos. Los ojos y hasta la mujer le sacan a uno, a poco que se descuide.

–¡Ay, papá, como eres!

–Es que ustedes no pueden ver a un pobre acomodado, ¿cierto?

–No seas cansón y deja ya de quejarte –Adela se engancha regalona a su cintura y él se vuelve transigente–. Si sabes que nosotras te amamos con el alma. Pero es Marina quien logró que tú vuelvas a estar bien y es por eso que le agradecemos a ella.

–Yo sé, mi amor. Pero como ustedes son dos peladitas malcriadas, y uno no sabe de quien se pueda fiar.

–Confía en nosotros, papi. Vas a ver como cuidamos de Marina y de ti. No vas a tener ni un reclamo que hacernos.

–Eso espero.

La familia se ha reunido en la sala. Diego entra abrazado a la pequeña de sus hijas y detrás llegan Marina y Luisa, quien besa insistente a la mujer, expresándole su agradecimiento.

Daniel está junto a Andrea y Sergio con Carolina. Y es a esta a quien Diego se dirige, riñéndole porque no salió a recibirlo.

–Ajá ¿y tú qué? ¿No vas a felicitar a tu tío?

–Pues claro que sí, Diego. Los felicito de corazón a los dos –la muchacha se acerca a abrazarlo–. ¡Qué dicha verlos juntos!

–¿Y tú cuándo es que me vas a decir tío? –dice medio en broma–. ¿Será que no me tienes confianza?

La Peor de Mis LocurasStories to obsess over. Discover now