149. Pequeña disputa

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A pesar de la animación que se vive en La Casona por la proximidad del matrimonio de los chicos, la familia se siente inquieta; preocupados por lo que pueda estar pasando con Diego y Marina. La mayoría no sabe nada del asunto, pero les basta con recordar la noche pasada y los gritos del abuelo con Diego en el despacho, para saber que algo no anda bien con él. Y siendo que don Sebastián rara vez se altera, esto les sirve para comprender que el problema es grave y que en cualquier momento van a llegar con una mala noticia. No en vano miran al pequeño Sebastián, que en ese momento juega feliz y despreocupado con sus primos en la sala, y se entristecen pensando en lo malo que se pueda estar fraguando para su futuro. La experiencia les dice que las broncas entre aquellos dos son de temer y en esta ocasión, después de dos años en los que todo fue calma y armonía en la pareja, no comprenden qué pudo haber pasado para que Marina haya decidido dejarlo nuevamente solo. Pero lo más difícil de entender es porqué Diego no se vio en ningún momento preocupado por la ausencia de su esposa en la casa, y se había comportado como si nada estuviera pasando, hasta que el abuelo lo llamó al orden.

Inevitablemente, al verlo aparecer en la casa terminado ya el almuerzo, no saben si alegrarse de su llegada o inquietarse más por lo que vaya a contarles; si acaso algo les cuenta. Diego trae el gesto severo y solo sonríe al ver a su hijo correr a su encuentro.

–¿Qué hubo, mi amor? –lo saluda, alzándolo al vuelo, llenándolo de besos que el niño recibe riendo–. ¿Cómo te fue con la familia? ¿Te trataron bien?

–Sí –responde el pequeño, feliz de verlo; observando ilusionado la puerta por la que espera ver aparecer a su madre. Pero tras unos segundos, viendo que no llega, mira a Diego y pregunta–. ¿Mami?

–Mi vida, yo te traje un regalo, pero lo tengo afuera en el carro. ¿Vienes y te muestro?

–Ajá.

Diego se acerca antes a saludar a su mamá. Deja a su hijo en el piso y el niño aprovecha para girarse y salir corriendo hacia la puerta de entrada, sin esperar a que su padre lo acompañe, todavía buscando a su mamá. Pero ante la sorpresa de todos, se detiene en medio del corredor que lleva a las dependencias del servicio y comienza a sollozar, con los brazos extendidos, sin atreverse a ir más allá.

–¿Qué es lo que le pasa? –pregunta Eugenia a su hijo–. ¿Por qué está llorando?

–No es nada. Déjenlo.

–¿Cómo que no es nada? –replica la mujer, enojada ante su indolencia, dispuesta a correr a consolar a su nieto–. ¡Ve a ver qué está pasando!

–Está todo bien –responde Diego cuando Marina sale de su escondite y abraza a su hijo conmovida–. Es su mamá.

–¡Por Dios, el susto que me dio!

–Esa era la idea –ríe, aceptando el regaño de su madre–. No cojas rabia.

–¿Bien dices? Tú eres el que no está bien. Pero ¿por qué no llamaste avisando que venían?

–No tuve tiempo, mamá –responde yendo al encuentro de Marina–. ¿Tú ves, mijo? Acá tienes tu regalo.

–Es mami –señala el niño todavía hipando–. Vino.

–Ajá, vino. Pero ven con papá. Yo aún tengo otra sorpresa para ti.

Ya sin el niño en los brazos, Marina se acerca a saludar a Eugenia, mientras Diego habla con su hijo.

–A ver, mi amor –le dice al pequeño–. ¿Tú te acuerdas de lo que hablamos hace unos días? –el niño lo mira confundido–. ¿No recuerdas?

–...

La Peor de Mis LocurasStories to obsess over. Discover now