117. Valió la pena

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Irene Fuenterrubia llegó a los predios de los Álvarez de Arauca de la mano de Diego; suficiente para haber sido bien recibida por todos. Sin embargo, es consciente del rechazo que generó en la mayoría de los miembros de la excelsa familia; ella no es boba como para haber pasado por alto un detalle tan importante. En realidad, a excepción de Rosalía y el abuelo Sebastián –que contemplaron su presencia como una liberación para Diego–, y de la neutralidad en la que se asentó don Ramiro al comprender que, esta vez, no iba a lograr manejar las relaciones sentimentales de su hijo, los demás la trataron como una intrusa; alguien que venía a invadir su mundo de privilegios en el que ella se veía como mosca en leche. Y ni hablar del fastidio que expresó doña Eugenia al saber cómo se habían dado las cosas y cuál iba a ser el desenlace. Ella, que por nada del mundo hubiera tolerado un divorcio en su familia, ahora tenía que aceptar el de su hijo mayor, suscitado por una mujer que ni siquiera era de su mismo estrato social. Aunque poco le importó a Irene como se tomaran su relación los Álvarez de Arauca. A ella le alcanzó con saber que Diego la amaba, no con la misma pasión que ella lo amaba a él, pero sí desde el fondo de su corazón, como sabía amar el Diego de entonces. Y por eso, solo por eso, estuvo dispuesta a tolerar cualquier agravio con el que la poderosa familia pretendiera herirla.

Fue extraña la forma en la que conoció a Diego. Teniendo en cuenta que ella raramente visitaba lugares tan distinguidos como aquel bar, donde se reunía la flor y nata de la sociedad samaria, fue casi un milagro que sucediera. En aquella ocasión, de manera excepcional, se dejó convencer por su grupo de amigos y habían ido a celebrar su reciente ascenso en el trabajo. No era cualquier cosa haber logrado que reconocieran su labor, promoviéndola de secretaria de plantilla a Secretaria Ejecutiva. Su hoja de vida había ganado bastante con aquello y aunque nadie le regaló el puesto, se dijo que era una buena excusa la celebración, para divertirse un poco y ver de cerca cómo vivían la noche, los jóvenes hijos de las familias más adinerados de Santa Marta. Pero había de ser una vez y no más. Aquel no era su mundo ni el de los suyos y su economía no daba para ese tipo de abusos. Sería una mirada a otra parte; una anécdota más que contar a sus nietos si algún día llegaba a tenerlos.

Obviamente, la noche fue de lo más divertida, como siempre que salían de parranda juntos. Hicieron bromas sobre todo lo nuevo que veían; situaciones a las que no estaban acostumbrados y que, en algunos casos, resultaron hasta ridículas. De lo único que Irene se cuidó fue de no tomar más de lo necesario; más que nada porque era consciente de que, al día siguiente, iba a tener que rendir en su nuevo trabajo y ella se conocía cuando se pasaba de tragos. En todo caso, su encuentro con Diego fue del todo fortuito. Cuando se disponían a tomar la penúltima de la noche, sentados en las banquetas ancladas a la barra, fue que él se acercó, aunque no a ella. En honor a la verdad, se aproximó al mostrador por su lado, que para su dicha, era el único lugar libre. Pero lo realmente inaudito fue que, en el estado de embriaguez en el que se encontraba Diego Álvarez de Arauca, la confundió con una de sus amigas de juerga y empezó a hablarle como si la conociera de toda la vida, o ella fuera el baúl de sus más íntimos secretos.

En un principio Irene se sintió incómoda con la situación. Ignoraba si, aquel distinguido personaje, le estaba mamando gallo haciéndose el borrachito, o en verdad le sobraba una botella de ron entre pecho y espalda; cualquiera de las dos opciones era enojosa para ella. Finalmente, lúcida como estaba, prefirió no prestarle atención y dejar que el mismo se cansara de molestarla. Pero cuando sus amigos resolvieron quitárselo de encima, a sabiendas de quien era el latoso moscardón, ella decidió escucharlo: prestarle su oído nada más. Pensó que tal vez era cierto que tenía problemas, como le estaba dando a entender, y que no estaría de más darle una mano en lo que buenamente pudiera.

Aparentemente el complique no mostraba extrema gravedad: se había pasado de tragos y ahora no veía ni por donde le corría el aire. En cualquier caso, cuando sus amigos decidieron retirarse a descansar y quisieron acompañarla hasta su casa, ella decidió quedarse haciéndole compañía al maltrecho joven que, entre balbuceos provocados por el alcohol, le fue contando su triste vida y sus muchos milagros. Pero llegada la hora de cerrar el bar, vio que solo quedaban ellos dos y el jefe de la sala, el cual se negó en redondo a llevar a Diego, por enésima vez, a su casa.

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