17. Naviera "Sol de Arauca"

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–¿Por qué será que todas las mujeres me tienen que fregar la vida? Incluso mis propias hijas. ¡No jodas!

–¿Qué pasó? –Daniel lo mira desde su asiento de acompañante, sonriendo inquieto al pensar en qué nuevo disparate habrá cometido su hermano. Le parece que el amor, en esta ocasión, está haciendo estragos en su sempiterna independencia

–Creo que me encarté con Luisa. La embarré, mejor dicho.

–¿Cómo así? No me digas que le hablaste de tu mujer.

–No, eso no fue. Pero creo que ella será la primera en conocerla.

–¿Cómo?

–¡Soy un imbécil, carajo!

–Pero ¿qué fue lo que hiciste?

Van camino de La Naviera en uno de los carros de la casa. Hasta este momento –cuando su hermano lo mira aterrado, aún sin saber qué fue lo que hizo–, Diego no se da cuenta de que, por su bien y su estabilidad emocional, no se debió apresurar al aceptar la propuesta que le hizo su hija. Al menos, como ella esperaba, debió darse un tiempo para pensar; no en lo que Luisa le pidió, sino en sí mismo. Es verdad que fue solo un instante; un segundo en el que Marina desapareció de su mente y Luisa ocupó su lugar. Habló a sus hermanos de ella y se siente feliz. Pero ¿tan feliz como para olvidar que, su relación con la argentina, es uno de los mayores problemas que va a tener que afrontar en el futuro próximo y preocuparse, únicamente, por el bienestar de su hija?

Ya no tiene reversa lo que hizo. Por más que haya decidido no contarle a la familia los cambios que se están produciendo en su vida, es obvio que la estadía de su hija en Mar del Plata, va a hacer inevitable que todos se enteren de la existencia de Marina Bordonaba. Pero lo que es peor todavía; esto mismo va a suponer un problema para su relación. ¡Preciso ahora que está comenzando! Pero ya está hecho y no se puede volver atrás. No puede hacerlo, sin darle a su hija una excusa, lo suficientemente razonable, como para que ella lo entienda. Una excusa que él no tiene y que, en lo más profundo, tampoco desea buscar.

–Luisa me pidió que la lleve a vivir conmigo –le cuenta a su hermano, mirándolo por el rabillo del ojo, mientras maneja.

–Y tú te negaste, ¿cierto?

–No. Acepté.

–¡Por Dios, hermano! ¿A ti es que se te fueron las luces? ¡Carajo! –exclama Daniel, realmente alarmado. Obviando el malestar que está sintiendo Diego, él piensa, además, en los problemas que se le vienen encima con la familia.

–Ya te dije. La embarré.

–Eso es meter las patas estrato diez.

–Ajá, yo sé. Lo hice, pero...

–¿No pensaste que, en este momento, Luisa no será más que un estorbo para ti? –le riñe furioso–. ¿Qué le está pasando a tu cabeza?

–No sé en qué estaba pensando –se queja–. Pero dime qué puedo hacer.

–¡La embarraste bien feo!

–Ni me digas lo que ya sé, Daniel. Lo que necesito es que me des una mano, no que me la montes más.

–¡Que mamera contigo!

–Ajá. ¿Y?

–Yo no creo que puedas hacer nada, ya es muy tarde –razona–. Luisa es demasiado sensible; no la puedes desilusionar con una negativa ahora. A no ser que ella desista de su idea de viajar.

–Además de esto, ni siquiera sé lo que está pasando en Mar del Plata. Ese es otro complique que tengo.

–¿A qué te refieres?

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