Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Beth se detiene frente a tu habitación, y aprieta sus labios al verte conectada a un montón de cables y jeringas, con tu rostro lleno de moretones. Su barbilla tiembla y limpia una lagrima que se había escapado de ella.
Aún no podía creer que estabas allí.
Cuando te vio llegar en aquella camilla, inconsciente, sangrando de la cabeza y con el doctor gritando que estabas muriendo, en ese momento quiso correr a ti y abrazarte muy fuerte, pero algo dentro de ella le había dicho que no se acercara, que fingiera que no te conocía, pues sabía que te usarían para chantajearla y hacer cosas que ella no quería.
Pero ahora estaban allí, las dos solas. Beth sonríe de boca cerrada, y se promete que hará todo lo que esté a su alcance para mantenerte con vida y sacarte de allí.
Beth escucha atenta la conversación de los dos oficiales de policía, quienes discutían sobre el chico que ella había ayudado a escapar, Noah, el mismo con el que Daryl y tú se habían encontrado. Sonríe al saber que probablemente Noah ahora podría estarse dirigiéndose a su hogar a reencontrase con su familia.
— ¿Hay algo más que quieras decir? — pregunta la mujer empezando a cansarse de esa conversación.
— Si, de hecho, es sobre la paciente de la habitación 2 — Beth se detiene por un momento y algo en ella se alarma. — Estaba casi muerta cuando la traje aquí, y dudo de que vaya a sobrevivir, tenía la cabeza abierta y el cuero molido —
Beth aprieta con fuerza el trapeador que tenía en sus manos, y suspira.
— ¿Cuantos medicamentos y energía tendremos que seguir gastando en ella? —
Eso fue suficiente para la rubia, pues gira molesta, explotando contra el hombre, dejando caer el trapeador.
— ¿Cuanta electricidad necesita tu DVD? — dice caminando molesta hasta ellos. — Cómo estás diciendo, tenemos muy pocos recursos, y lo cargas diariamente, usando toda esa electricidad— dice entre dientes.
— ¿De que hablas? — pregunta burlón el hombre, y Beth solo quiere romperle la cara. — ¿Es una puta broma? —
— Beth — dice advirtiendo la oficial.
— Esa mujer solo lleva un día aquí —
— ¡Beth! —
— ¿Yo soy la que bromea? ¿Qué no aquí se supone que salvan vidas? —
— Apaga las máquinas —
Beth se congela y es capaz de escuchar como su corazón se detiene. El aire deja de entrar en ella y abre sus ojos sorprendía, y asustada.
— Dile al médico que quite a esa mujer de sus rondas, si ella logra recuperarse sola, será bueno, pero si no... Tienes razón — mira al hombre, quien sonríe victorioso. — No vale la pena gastar en ella —