Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El día empezó como cualquier otro, con Felicity revoloteando por la casa, con esa energía inagotable que solo un niño de cinco años puede tener. Estabas en la habitación, ajustando un par de aretes que llevabas guardando para ocasiones especiales, cuando la viste detenerse en seco en el umbral de la puerta, con los ojos abiertos como platos.
—¿Y esos? —te preguntó, señalando con un dedo pequeño y curioso tus lóbulos brillantes.— ¿Por qué yo no tengo de esos, mami? —
Tú le explicaste que para usarlos había que tener un hoyito en la oreja, que era algo que dolía un poquito, pero que después se pasaba. Pensaste que eso bastaría, pero no. Desde ese momento, empezó la campaña más intensa que habías visto en tu vida. Cada día, cada noche, cada rato: "¿Cuándo me van a hacer mi hoyito?", "¿Hoy sí puedo?", "Prometo no llorar".
No fue hasta que la encontraste frente al espejo, fingiendo que tenía aretes con un par de piedritas pegadas con cinta, que supiste que ya no era solo un capricho. Era importante para ella. Muy importante.
—Tenemos que hablar —le dijiste a Daryl esa noche.
Y hablaron.
Él gruñó, bufó, dijo que no entendía por qué los niños querían crecer tan rápido, que eso no era necesario, que era solo una niña.
Pero también la había visto frente al espejo. Había escuchado cada uno de sus argumentos infantiles, cargados de emoción.
Y cedió.
Pero con una condición: lo haría Rosita. Nadie más.
~•~•~
Estaban en la cocina de tu hogar, Felicity se sentó sobre las piernas de su padre, vestida con su camisón de unicornios, mientras tú sostenías su manito derecha, y Daryl la tenía en brazos, firme y protector. Rosita, con guantes puestos y una expresión seria pero dulce, preparaba todo con cuidado. La aguja esterilizada brillaba un poco al reflejo del sol.
—¿Estás lista, princesa? —preguntó Rosita, agachándose a su nivel.
Felicity asintió con fuerza, mordiéndose el labio. Cuando la aguja tocó su lóbulo izquierdo, Daryl la apretó un poco más contra su pecho. El leve "click" de la perforación vino acompañado de un sollozo bajito, contenido. Felicity cerró los ojos y apretó los puños como si estuviera en medio de una batalla invisible, las lágrimas desobedeciendo su coraje y deslizándose por sus mejillas sonrojadas.
El silencio que siguió fue espeso, hasta que escuchaste un respiro entrecortado. Giraste la cabeza y viste a tu marido. Daryl tenía la mandíbula apretada, los ojos brillosos, y dos lágrimas bajándole por las mejillas. Lágrimas reales. De esas que él no solía mostrar.
Pero ahora, ver a su hija aguantar el dolor, lo rompía.
Cuando todo terminó, Rosita limpió con cuidado y puso los pequeños aretitos dorados, del tamaño de una lenteja. Felicity se miró en el espejo de mano que le ofreciste, y sus ojitos se iluminaron, incluso con las lágrimas secándose en sus mejillas.
Daryl la abrazó con fuerza, como si quisiera protegerla del universo entero.
—Nunca más, ¿me oíste conejita? —le dijo al oído.— No te voy a dejar que te hagan eso otra vez. Ni eso ni nada que te duela —
Ella asintió sobre su pecho, con una sonrisa satisfecha. Se sentía grande. Se sentía valiente.
Y tú, sonriendo, mirabas a ambos. El hombre que una vez fue todo filo y silencio, ahora hecho padre vulnerable; y la niña que habían creado juntos con amor, creciendo a su manera, con el corazón lleno de orgullo... y con aretes como los tuyos.