Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La tormenta te despierta sin aviso. Un trueno sacude los ventanales de tu hogar en Alexandria y el estómago se te encoge como si alguien te hubiera empujado desde adentro. Las gotas golpean el techo con furia, como si el cielo no pudiera contener más su propio dolor.
Tardas un momento en recordar dónde estás.
No estás en la prisión.
Ni en aquella cabaña abandonada.
Ni en la iglesia.
Ni entre los árboles, cubriéndote con una lona podrida mientras el mundo se rompía más y más.
Estás en una cama.
Caliente.
Viva.
Volteas y ahí está Daryl. Su pecho sube y baja con calma. La boca ligeramente entreabierta. Su cabello mojado aún, como si se hubiera dormido sin secarse bien después de la ducha. Hace noches que no lo veías así, relajado. Parece un hombre que, por fin, ha soltado el peso de tantos nombres perdidos.
No puedes despertarlo. Aunque tu primer instinto es hacerlo, correr a sus brazos, pedirle que te abrace como si fueras a quebrarte. No puedes. Él también ha cargado demasiado.
Te sientas con cuidado, dejando que las sábanas se deslicen por tu cuerpo. Caminas en puntas de pie hasta la cocina. La casa entera cruje con cada viento, con cada sacudida de lluvia. Los relámpagos dibujan sombras sobre las paredes como cicatrices antiguas.
No hay luz, se había ido con la tormenta de afuera. Solo la plata temblorosa de los truenos que atraviesan las ventanas.
Tus manos tiemblan mientras enciendes la estufa de gas y calientas agua. El metal de la tetera está frío al tacto. Buscas el té de manzanilla que trajiste de una de las casas saqueadas. Lo recuerdas. Había flores secas en una caja metálica con dibujos de un campo, como si alguien antes de ti hubiera querido no olvidar lo bonito.
Cuando por fin lo sirves, tomas la taza y te sientas junto a la ventana.
Y ahí caes en aquel pozo de tristeza.
La lluvia no es solo agua golpeando todo lo que se le atraviesa. Es el sonido de Judith llorando en la oscuridad, cuando nadie podía callarla. Es Gabriel susurrando oraciones con los ojos llenos de miedo. Es Eugene colapsando sobre sus propios pies. Es Sasha sujetando su cabeza como si así pudiera evitar pensar. Eres tú, perdiendo el deseo de seguir, preguntándote si algún día iba a terminar.
La taza se resbala entre tus dedos, un poco del té se derrama sobre tus piernas, pero no te importa. Ni te mueves.
Porque los árboles allá afuera se agitan como caminantes, sus sombras retorcidas y torpes, presionando contra el vidrio como si quisieran entrar. Como tantas veces quisieron.
Y ahí... lo sientes.
Unos brazos.
Familiarmente rudos, cálidos.
Te rodean por detrás, envolviéndote como una promesa hecha carne.
Su olor te golpea primero: leña, tierra, bosque, fuego, Daryl.
Sus labios se posan contra tu cuello, suaves, cálidos, pacientes. Su barba raspa apenas, como si quisiera recordarte que estás aquí. Que él está aquí.
—No lo hagas... —murmura.— No vuelvas a ello, estoy aquí, ______, estás conmigo, cariño —
Te quiebras. No bruscamente. No con un llanto que rasgue el silencio.
Sino lento.
Como la lluvia que nunca se detiene.
Como las cosas que duelen tanto que solo pueden salir en forma de lágrimas silenciosas que te recorren las mejillas.
Daryl te acuna contra su pecho, sin decir más. Sus manos grandes te acarician el brazo, su mentón se apoya sobre tu cabeza. Y tú, por primera vez en horas —quizás en días— dejas que el miedo se disuelva ahí, entre sus latidos. Porque sí, el mundo sigue roto, el pasado sigue marcando, y la tormenta sigue allá afuera...
Pero él también sigue.
Contigo.
Acá en mi rancho se vino horrible la lluvia y me inspire...