Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La noche cae como una manta tibia sobre Alexandria. El silencio se instala entre las casas dormidas, apenas interrumpido por el canto de los grillos y el crujido de la madera del porche. La luz del farol ilumina a medias el rostro de Daryl, y tú sabes, por la forma en que sostiene la cerveza sin beberla, que esta noche necesita hablar.
No lo apresuras. Nunca lo haces.
Te acercas en silencio, sin pedir permiso. Te acomodas entre sus piernas, con delicadeza, y apoyas la espalda contra su pecho. Él se queda quieto, sorprendido quizá, pero no se aparta. Sientes su respiración contenida detrás de ti. Tomas una de sus manos y la cubres con la tuya, entrelazando los dedos.
—Hoy Rick dijo que deberíamos buscar más comunidades —murmura, sin moverse.
—¿Y tú qué opinas? —
—No sé... suena a hacer más ruido del necesario. A veces me parece que ya encontramos lo suficiente —dice con un suspiro. Luego se queda en silencio.— Pero él siempre quiere más —
—No está mal querer más. Lo que importa es no olvidarse de lo que ya se tiene—
—A veces siento que no pertenezco ni aquí... ni en ningún lado —confiesa en voz baja.
Te giras un poco para poder mirarlo desde abajo. Tus manos buscan su pecho, y lo acaricias suavemente con los dedos, en un gesto lento y silencioso.
—Eso no es verdad, Daryl—
—¿Ah, no? —responde con una risa apagada.— Antes de todo esto, nadie me esperaba. Podía pasar días sin que a nadie le importara. Y ahora que tengo un techo, gente que me saluda, incluso un plato caliente en la mesa... me siento más perdido que nunca —
—Es porque todo es nuevo. Pero eso no significa que no lo merezcas—
—Hoy vi a una niña correr tras su madre. Reía. Y pensé... "¿Y si yo hubiera tenido una vida así?" Pero no. A mí me tocó dormir en cobertizos, soportar gritos, golpes. Y aun así... todavía me pregunto si todo esto es real, o si un día voy a despertar de nuevo en esa maldita casa —
Su voz tiembla un poco. Tú subes más el cuerpo hasta quedar de lado sobre él, acurrucándote. Pones la cabeza en su hombro y una mano en su pecho, justo sobre su corazón.
—Estás despierto. Esto es real. Yo soy real—
Daryl te mira. No dice nada, pero hay algo en sus ojos que se rompe, que se ablanda.
—Me cuesta confiar. Me cuesta hablar. Me cuesta dormir. Pero contigo... contigo es distinto. No sé por qué—
—Porque no tienes que fingir conmigo. No tienes que ser fuerte todo el tiempo—
—Me da miedo que un día te canses y te vayas —admite.
Al escuchar eso, subes más tu cuerpo y lo rodeas con ambos brazos. Apoyas la mejilla contra su clavícula y lo abrazas por completo, como si quisieras protegerlo de todos los fantasmas del pasado. Él duda, pero finalmente te abraza también. Su mano sube por tu espalda y se queda ahí, firme.
—No me voy a ir —dices, susurrando contra su piel.— Estoy aquí. Y me voy a quedar —
No sabes cuánto tiempo ha pasado. El abrazo se ha vuelto algo natural, como si siempre hubiera estado ahí. Él no ha dicho nada más, pero sabes que hay algo que todavía guarda.
Entonces, su voz rasga el silencio.
—A veces sueño con ella. Con mi madre —
No dices nada. Solo sigues acariciando su pecho con movimientos lentos, circulares, reconfortantes.
—En el sueño no está borracha. No hay fuego. Solo está ahí... peinándome el cabello. Como si todo lo malo nunca hubiera pasado—
—¿Y te hace sentir bien ese sueño?—
—Me hace mierda. Porque no sé si pasó de verdad o si lo inventé para tener algo bonito que recordar—
Daryl te aprieta un poco más contra él. Te acomodas mejor, con la cabeza en su cuello. Tus labios rozan su piel al hablar.
—No importa si fue real o no. Lo importante es lo que necesitas hoy. Y lo que tienes ahora—
—No quiero que me tengas lástima —dice, con la voz dura.
—No la tengo. Te tengo cariño. Mucho. Eso es distinto—
Él baja la mirada. Luego, sin verte, murmura:
—Lo que más deseo... es tener algo que nadie me pueda quitar. Un lugar donde pueda descansar, donde no tenga que fingir. Donde tú estés—
Tu corazón da un pequeño vuelco. Levantas el rostro. Él está ahí, tan vulnerable, tan sincero, que por un momento no sabes qué decir.
Así que no dices nada.
Solo te acercas, despacio, y le das un beso en los labios. Un beso corto, suave, apenas un roce, como una promesa silenciosa. Él se queda quieto. No responde. Solo cierra los ojos y respira hondo, como si por fin algo dentro de él se hubiera calmado.
—Estoy aquí, Daryl. No estás solo —susurras, con la frente apoyada en la suya.
Y esa noche, en ese porche tranquilo, con tu cuerpo sobre el suyo y sus brazos alrededor de ti, Daryl Dixon duerme sin pesadillas.
Porque a veces, lo único que se necesita para seguir adelante... es que alguien se quede.