Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La primera noche en la granja de el hombre llamado Hershel llegó como un suspiro cansado, como un descanso que no terminaba de sentirse real. Todo era demasiado tranquilo, demasiado ajeno. Como si el mundo de allá afuera no pudiera alcanzarlos aquí. Como si el miedo no supiera caminar en tierra de nadie.
Pero lo hacía.
Carl había sido disparado y seguía inconsciente dentro de la casa, y aunque Hershel decía que haría todo lo posible, nadie se atrevía a tener fe todavía. Y Sophia... Sophia seguía desaparecida. Dos niños, dos vidas colgando de un hilo. Y todos estaban a punto de romperse.
Tú también.
La fogata en el patio alumbraba a quienes estaban presentes, rodeada por cuerpos agotados y miradas perdidas. Había suspiros, murmullos, oraciones que no sabías si eran por Sophia, Carl o por ustedes mismos.
Te acercaste a Glenn.
—¿Podemos hablar? —le preguntaste, con la voz más suave que te permitías.
Él no respondió de inmediato. Solo bajó la vista al suelo, luego al fuego, luego a cualquier parte que no fuera tu rostro.
—Ahora no —
Una frase simple. Una daga sin filo. Pero cortó igual.
Te quedaste ahí, un segundo más de lo necesario, esperando algo que sabías que no llegaría. Glenn ya no era ese chico dulce que sonreía con timidez y te buscaba con los ojos. Ahora era un hombre herido. Y tú habías sido la causante de ello.
—Está bien —dijiste, tragándote el orgullo, el dolor, y también el arrepentimiento.
Diste media vuelta. Sentías los ojos de alguien en tu espalda. No necesitabas mirar. Sabías que era Daryl.
Estaba sentado al borde de la fogata, solo, como siempre. Con la ballesta apoyada a un costado, las botas sucias y esa mirada que parecía atravesarte cada vez que te atrevías a existir cerca de él.
No dijiste nada. No hiciste nada.
Te alejaste.
Cruzaste el campo detrás de la casa, donde la tierra era áspera y las sombras parecían alargarse para abrazarte. La luna colgaba arriba, fría y redonda, iluminando tu cuerpo como si fueras la última persona viva en el mundo.
Respiraste hondo. El aire olía a heno, a silencio y a resignación.
Te detuviste entre dos árboles solitarios. No había nadie. Ni caminantes. Ni humanos. Solo tú y la noche.
Apoyaste la espalda contra el tronco y cerraste los ojos.
No lloraste. No te dejaste.
Pero sentías cómo el corazón se iba encogiendo en el pecho, golpeando lento, como si también quisiera dejar de intentarlo.