Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La noche en Alexandria era fría, con un viento que arrastraba hojas secas y promesas rotas. Las luces de las farolas parpadeaban, lanzando sombras largas sobre el asfalto agrietado. La calle estaba vacía, salvo por ustedes dos.
—No sé por qué seguimos con esto —dijiste, sin mirarlo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la voz baja pero filosa—. Nunca estamos de acuerdo en nada. Todo lo que digo, lo ignoras. Todo lo que siento, lo esquivas —
Daryl estaba a unos pasos, con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha. Se balanceaba apenas sobre los talones, como si el cuerpo no supiera si avanzar o rendirse.
—Tú crees que yo no siento. Pero sí lo hago. Solo que no soy como tú —soltó él, sin levantar la voz, pero con rabia contenida en cada sílaba—. No necesito hablar todo el tiempo para demostrarlo —
—No es hablar todo el tiempo, Daryl. Es mostrar que te importa. Que estás en esto conmigo, no solo sobreviviendo. Porque si eso es todo lo que somos, dos personas sobreviviendo... entonces no hay "nosotros" —
La frase se quedó flotando en el aire, golpeando más fuerte que el viento. Caminaste unos pasos hacia atrás, no para huir, sino para crear la distancia que tu corazón ya sentía. Y entonces viste cómo él alzaba la vista hacia ti. Había algo distinto en su mirada: miedo. No el miedo de un hombre que enfrenta caminantes, sino el de alguien que está a punto de perder lo único que todavía le duele.
—No digas eso —susurró.
—Lo digo porque es verdad —
Y cuando diste media vuelta, cuando tus pasos crujieron sobre las piedras de la calle, escuchaste el sonido seco de sus rodillas golpeando el suelo. Te giraste, y ahí estaba él. Arrodillado. En medio de la calle vacía. En medio de la noche.
—No me dejes —dijo, mirando hacia ti con los ojos brillando, sin orgullo, sin máscaras—. No me dejes, por favor. Yo... yo no sé cómo hacerlo bien, pero quiero. Todavía quiero. Estoy jodido, lo sé. Pero no quiero perderte también —
Te quedaste quieta. El corazón te temblaba en el pecho.
—Daryl... —
—No me rendí con nada allá afuera. Y no quiero rendirme contigo. No me importa si estamos hechos mierda, si no nos entendemos todo el tiempo. Yo quiero pelear por ti. Aunque me duela. Aunque no sepa cómo —
Y entonces el silencio fue absoluto. Solo el viento. Solo ustedes. Y él, ese hombre que siempre parecía de piedra... suplicando desde el suelo.
Tal vez aún quedaba algo por salvar. O tal vez no. Pero esa noche, en esa calle, él eligió luchar por ti. Y eso... ya era otra forma de amar.