Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Era una mañana de invierno muy agradable, después de pasar días encerrados a causa de la tormenta de nieve, por fin podían salir fuera de sus hogares.
En Alexandria se escuchaban gritos de alegría y diversión mientras todos jugaban y se divertían lanzándose bolas de nieve.
Una te golpea en la nuca, por lo que volteas con una sonrisa traviesa y empiezas a buscar el culpable, te sorprendes al ver que el dueño de aquella buena puntería, se trababa nada más ni menos que de Daryl Dixon.
Preparas la bola en tu mano y sin pensarlo mucho la lanzas, golpeando su rostro.
Ríes a carcajadas y tienes que sostenerte de tus piernas para no caer al suelo, pero no pasan ni dos segundos cuando Daryl corre en tu dirección.
Dejas salir un pequeño grito y ahora tu eres quien corre, buscando que no te atrape el ojiazul.
La gente a tu alrededor se divertían y se te atravesaban en el camino, bolsas de nieve volaban frente a ti y algunas te daban, pero sentiste sus ásperas manos colocarse en tu cintura y cargarte en el aire, haciéndote reír.
— ¡Daryl! —
El hombre se hace oídos sordos y empieza a caminar en dirección a una montaña apilada de nieve, por lo que sabiendo cual era su intención, te aferras a su cuerpo, riendo.
— ¡Tu empezaste! — gritas tratando de escapar.
— Me la debías — gruñe con una sonrisa Daryl, aprieta su agarre en ti y muerdes tu mejilla interna.
Se deja caer junto contigo a la montaña de nieve, hundiéndose en esta, te aferras a su cuerpo aún riendo y ocultas tu rostro en su pecho.
— Idiota — murmuras. Daryl pasa sus manos por tu cintura y te aprieta contra él.
— Chillona —
Se miran por unos largos segundos, segundos que parecían eternos.
Ambos se gustaban, ambos lo sabían, pero nunca habían sido lo suficientemente valientes como para decírselo al otro.
Acaricias su mejilla, y el cierra sus ojos al momento, dejándose llevar por lo que lograbas causar dentro de él.
Daryl tenía las mejillas y la nariz rojas por el frío, su rostro se veía más pálido, haciéndolo ver tan hermoso y celestial.
Parecía un bello ángel.
Tu ángel.
~•~•~
Caminan uno al lado del otro, el cielo pintaba colores muy bonitos y cálidos para la temporada del año que era, y hacía que soportar el invierno fuese más ameno.
Daryl y tú paseaban al lado del lago, donde varios integrantes de la comunidad patinaban sobre el hielo. Había estado tan frío y con temperaturas tan bajas que se había congelado el lago y ahora gozaban de una pista de hielo temporal.