Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles cuando todo se fue al carajo. Otra tarde buscando provisiones, otro intento por encontrar algo de valor en un mundo que ya no ofrecía mucho. Pero esta vez, la suerte te abandonó por completo.
El suelo resbaladizo, la carrera apresurada... y luego el dolor agudo cuando caíste sobre un trozo de madera astillado y macizo que se enterró en tu pierna izquierda. El grito que se escapó de tus labios fue más de rabia que de miedo. Pero la herida era fea, caliente, palpitante.
Antes de que pudieras reaccionar, Daryl ya estaba a tu lado, su rostro endurecido por la preocupación. Sin decir mucho, te cargó en brazos como si no pesaras nada. Instintivamente, te agarraste a su chaqueta, sintiendo el latido desbocado de tu propio corazón, el calor que se filtraba de tu herida, y la fuerza tranquila de él.
Su motocicleta estaba a unos metros, oculta entre los matorrales. Daryl te sentó con cuidado en el asiento, las manos firmes pero suaves, como si temiera romperte más de lo que ya estabas. Se arrodilló frente a ti, sus ojos recorriendo rápidamente el daño.
Frunció el ceño, su mandíbula apretándose. El dolor latía en tu pierna y tu garganta se cerró al ver su expresión, sabías que no era bueno.
—Deberías de tener más cuidado, pequeña —dijo, su voz rasposa, un susurro áspero que no lograba ocultar la preocupación.
Intentaste sonreír, como si eso pudiera aligerar el momento, pero fue inútil. La sangre manchaba tu pantalón y empezaba a gotear sobre la tierra seca.
Daryl sacó su cuchillo con rapidez, cortando la tela alrededor de la herida para examinarla mejor. Su toque era preciso, casi reverente. Rasgó un trozo de tela limpia de su propia camisa para improvisar un torniquete.
—Esto va a doler —advirtió.
Asentiste, mordiéndote el labio mientras él apretaba la tela alrededor de tu muslo. La punzada de dolor te hizo jadear, pero no apartaste la vista de él. Daryl estaba concentrado, su frente perlada de sudor, las manos firmes mientras trabajaba para detener la hemorragia.
Cuando terminó, levantó la mirada hacia ti. Había algo vulnerable en sus ojos, algo que rara vez mostraba.
—No me hagas esto otra vez —murmuró, casi enojado, como si regañarte fuera su manera de protegerte.
Quisiste decirle que lo sentías, que no había sido tu intención, pero las palabras se atoraron en tu garganta. Así que solo asentiste, dejando que la gratitud y algo más, algo más profundo, pasara en el silencio entre ambos.
Daryl se levantó, asegurándose de que estuvieras bien sujeta al asiento antes de subirse frente a ti. Su mano buscó la tuya, guiándola con firmeza para que te sujetaras de su cintura.
—Aguanta —dijo—. Te voy a llevar a casa —
El motor rugió en la quietud de la tarde, y juntos desaparecieron en el horizonte, con el dolor palpitando en tu pierna... y una calidez inesperada encendiéndose en tu pecho.