Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La celda olía a sudor viejo, metal oxidado y desesperanza. Daryl apenas se movía. Llevaba días... ¿semanas? Tal vez meses. El tiempo no existía ahí adentro. Solo había oscuridad, una bombilla parpadeante, y esa maldita canción sonando una y otra vez. Pero lo peor no era eso.
Lo peor eran las fotos.
Negan sabía exactamente cómo quebrarlo.
Cada día, Dwight dejaba una nueva imagen en el suelo, justo donde Daryl pudiera verla al abrir los ojos. Eran fotos tuyas. De la noche en que te arrodillaron. De ese instante en que Negan levantó a Lucille... y tú ni siquiera gritaste. No te arrastraste. Solo lo miraste con los ojos llenos de miedo y rabia, y luego miraste a Daryl. Tu última mirada fue para él.
Daryl no gritó entonces. No lloró. Solo tembló.
Pero aquí, solo en la oscuridad, lloraba cada noche hasta quedarse dormido en el suelo frío, con el eco de tu nombre rebotando en las paredes de su cabeza.
—Fue mi culpa... —susurraba, una y otra vez. A veces en voz alta, a veces entre dientes. Sus labios resecos pronunciaban esas tres palabras hasta que ya no significaban nada.
Fue su culpa porque te lanzaste cuando Negan amenazó a Maggie. Fue su culpa porque intentó golpear a Negan, y eso provocó la furia que cayó sobre ti. Fue su culpa porque no te detuvo. Porque no te protegió. Porque siempre dijo que daría la vida por ti... y fuiste tú quien la dio por él.
Negan lo sabía. Por eso le mostraba esas fotos.
Una vez le dejaron una imagen donde tu rostro estaba irreconocible. Otra, una donde tu mano colgaba flácida en el suelo, aún con la pulsera que Daryl te había dado hecha con hilo rojo. Cuando la vio, vomitó.
Pasó semanas sin hablar.
Dwight le llevó comida. Ni la tocó. Apenas bebía agua.
Cada vez que cerraba los ojos, te veía. Con la cara rota, los ojos apagados, y esa pequeña sonrisa triste que solías darle cuando las cosas iban mal, como si con eso pudieras arreglar el mundo. Como si aún creyeras que todo iba a mejorar.
Pero ahora no quedaba nada por arreglar.
A veces soñaba contigo. Te veía sentada en el porche de Alexandria, el sol en tu cabello, los pies descalzos. Soñaba que le hablabas bajito, que le decías: "No fue tu culpa, Daryl... por favor, sigue adelante."
Y él gritaba. Gritaba hasta despertarse. Porque era mentira. Porque no podía seguir adelante. No sin ti.
Habías sido su único lugar seguro.
Lo único que lo hacía reír en medio del infierno.
La única que le ponía vendas cuando se peleaba, la que le cocinaba cuando él cazaba, la que se sentaba a su lado en silencio sin necesidad de hablar. Te amaba sin decirlo, como solo alguien como Daryl podía amar.
Y ahora estabas muerta.
Por su culpa.
Esa noche, se arrinconó contra la pared. Tenía una foto tuya entre los dedos. Estaba arrugada, sucia, manchada de sangre y tierra. La apretó contra su pecho, los nudillos temblorosos.
—Hazme algo, Dios... —susurró con voz rota.— Mátame... por favor. Mátame ya...—
Pero no pasaba nada.
Ni el cielo lo escuchaba.
Y así seguía, solo, en esa celda, cada día un poco más vacío.
Hasta que un día, dejó de llorar.
Dejó de hablar.
Dejó de sentir.
Y en su lugar solo quedó un cascarón con los ojos vacíos, respirando por inercia. Un alma rota que dejó de pelear. Porque cuando te fuiste tú, lo que quedaba de él también murió.