Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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No importaba cuantas veces perdieran personas.
Siempre dolía como si fuese la primera vez.
Podías verlo en el rostro de todos los presentes, pero sobre todo en el de Maggie, Sasha, y Daryl.
Habían perdido la prisión por la sed de venganza y odio a manos de el gobernador, asesinando a Hershel, y una semana después de su reencuentro habían perdido a Beth y luego a Tyreese. La pérdida se sentía en el aire, en el ambiente, nadie hablaba, nadie expresaba lo que sentía.
Acaricias tu redonda barriga de embarazo, según tus cuentas llevabas al menos siete meses.
No querías serlo, pero eras la carga del grupo junto con Judith. Embarazarse en días de apocalipsis con muertos que caminaban, no era lo más sensato, pero había sido un accidente después de pasar varias noches con el Dixon menor.
Observas al hombre un poco apartado del grupo, sentado en el suelo, cabizbajo y jugando con una pequeña ramita.
Daryl no se había tomado de la mejor manera enterarse que sería padre, y claro estaba que tú tampoco. Ninguno estaba listo para serlo, pero ya no había marcha atrás.
Pero aún así Daryl siempre te cuidaba y se preocupaba por ti.
Después de todo, era su hijo el que estabas esperando, no pensaba abandonarlo.
Era extraño, nunca habían hablado de formalizar una relación o estar juntos, ni mucho menos una familia, solo había pasado, de alguna manera se entendían y luego los encuentros sexuales empezaron. Claro que se querían, habían estado prácticamente juntos desde el comienzo de todo, cuando se conocieron por primera vez en aquel campamento de Atlanta.
Pero tampoco se hablaban de amor.
Lo amabas, pero te asustaba decirlo, temías alejarlo, y no lo soportarías, por lo que te conformabas con amarlo y quererlo en silencio.
— Come —
Levantas la mirada y observas a Daryl estirar su brazo y extenderte lo que parecían...
— No comeré lombrices Daryl — murmuras asqueada, sintiendo la bilis escalar tu garganta, pues no habías probado alimento en muchos días.
— Tal vez tu no, pero él tiene hambre — vuelve a insistir. Se había acercado a ti solo para poder alimentarte.
Aprietas con fuerza los labios y los terminas aceptando.
Era esto o nada.
Sin pensarlo mucho, y bajo la atenta mirada del hombre, los llevas a tu boca y empiezas a masticar tan rápido que no eres capaz de procesarlo y vomitas.
Un par de lágrimas brotan de tus ojos y con vergüenza limpias tu boca con la palma de tu mano.
Todos te veían apenados, si ellos tenían hambre, sabían que tú la llevabas peor.