Enfermos

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El sonido de la lluvia golpeando los techos de la prisión es constante, como si el cielo llevara días llorando sin consuelo

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El sonido de la lluvia golpeando los techos de la prisión es constante, como si el cielo llevara días llorando sin consuelo. Hace frío, más de lo que estás acostumbrada. La humedad se te mete en los huesos, pero nada comparado con cómo lo ves a él: acurrucado sobre uno de los catres, cubierto con una manta raída que no logra ocultar los escalofríos que lo sacuden.

Daryl Dixon está enfermo. Y no sólo un poco.

—No necesito que me mires así —gruñe entre dientes cuando entras con un paño húmedo en las manos. Su voz está ronca, quebrada, como si le doliera hablar.

—Y yo no necesito que finjas que estás bien —le respondes sin mirarlo, exprimiendo el paño en el balde con agua casi tibia. Te sientas en el borde del catre y se lo pasas por la frente con delicadeza, notando cuán caliente está.

Él aparta un poco la cabeza, incómodo. Como si el afecto fuera más intolerable que la fiebre.

—Te estoy diciendo que estoy bien —

—Y yo te estoy diciendo que estás ardiendo. Daryl, ni siquiera puedes mantenerte sentado sin temblar —

Te mira de reojo, entre irritado y derrotado, pero no dice nada. Respira con dificultad, congestión pesada. Cada tanto tose y el sonido es seco, profundo. Te preocupa.

Recoges los pocos frascos de medicina que quedan en el botiquín improvisado del bloque C. Has estado racionando las pastillas para la tos, la infusión de hojas que Carol les preparó y un poco de miel que aún conservas como si fuera oro líquido. No tienes mucho, pero lo suficiente para intentarlo.

Le das una taza de agua con las gotas que lograste encontrar entre las cosas de Hershel.

—Tómate esto. Y no protestes, por favor —le pides con calma.

Daryl te mira fijamente. Hay algo en sus ojos —tal vez fiebre, tal vez orgullo— que parece querer resistirse. Pero sus manos tiemblan cuando agarra la taza. Termina bebiéndola sin decir más, aunque frunce el ceño como si todo el universo le supiera amargo.

Te quedas a su lado, pasándole otra vez el paño por la frente. Sus mejillas están encendidas, su cabello pegado con sudor. Y sin embargo, sigue tensando la mandíbula como si necesitara demostrarte que no es tan débil.

—No tienes que pelear también conmigo —le dices en voz baja.— Nadie te está pidiendo que seas fuerte ahora. Ya lo eres todo el tiempo —

Él no responde, pero sus párpados parpadean un par de veces, y después cierra los ojos con fuerza. Como si tus palabras le dolieran más que la fiebre.

Pasa un rato en silencio. Sólo el golpeteo de la lluvia, su respiración forzada y el sonido leve del paño contra su piel. Luego, en un intento por levantarse, se apoya en el codo y casi se cae.

—Daryl, por Dios —lo sostienes enseguida, una mano en su espalda y otra en su brazo. Él gruñe como si quisieras arrancarle la dignidad, pero no te alejas.— Te vas a quedar quieto. Y vas a sudar esta fiebre hasta que se te pase—

—Te dije que no necesito niñera —escupe, aunque su voz suena cada vez más débil.

—Y sin embargo, aquí estoy—

Te quedas sentada a su lado hasta que el sudor le empapa la nuca. Le cambias la camiseta por una limpia —o al menos, menos sucia— y le acomodas el cuerpo como puedes, cuidando de no incomodarlo demasiado.

Cuando notas que su respiración se hace más pausada, le acaricias el cabello con los dedos. Ya no hay rechazo, ni gruñidos, ni frases entre dientes. Solo un cuerpo cansado, rendido.

—Vas a estar mejor muy pronto —le dices, en un susurro apenas audible.

Daryl no abre los ojos. Solo asiente una vez, con lentitud, y parece que por fin se da por vencido. No ante la enfermedad, sino ante ti.

Y en esa rendición silenciosa, hay algo parecido a la paz.

Pasaron apenas unos días desde que Daryl volvió a caminar sin tambalearse como un ciervo recién nacido. Ya no suda a mares, ni tose como si tuviera los pulmones hechos pedazos. Pero ahora eres tú la que no puede levantar la cabeza sin que todo te dé vueltas.

El karma, aparentemente, tiene un extraño sentido del humor.

—Esto es ridículo —murmuras mientras te acomodas en el catre, tapada hasta la barbilla con la misma manta raída que usaste para cubrirlo a él. Tu piel arde, y no sabes si es por fiebre o por el hecho de que Daryl lleva horas cuidándote con una mezcla de torpeza y terquedad que lo vuelve, extrañamente, entrañable.

Desde que te escuchó estornudar más de la cuenta en la mañana, se activó como si alguien hubiera pulsado un interruptor. Te tomó la temperatura con el dorso de la mano, te echó bronca por no decirle que te sentías mal y luego comenzó a encargarse de ti... a su manera.

—No te muevas —te gruñe desde la otra habitación, donde está calentando algo que, según dijo, era "sopa", aunque huele más a fideos con agua y un trozo de zanahoria flotando en agonía.

—Ni siquiera me moví —respondes, pero él no escucha.

Intentas alcanzar la botella de agua al borde de la mesa improvisada, hecha con una caja de municiones y una tabla vieja. Tus dedos apenas la rozan, y el mareo vuelve a golpearte como una ola de mal humor. Maldices en voz baja.

Y entonces escuchas el sonido del metal contra el concreto.

—¡______! —exclama Daryl, entrando justo a tiempo para ver cómo te esfuerzas por llegar a la botella.

Deja el recipiente con sopa caliente sobre la tabla, derramando parte del contenido sin importarle, y cruza la habitación en dos zancadas. Su ceño está fruncido, su boca apretada.

—¿Qué parte de "no te muevas" no entendiste?

—La misma parte que tú ignorabas cuando tenías fiebre —le respondes con una sonrisa débil, ladeando la cabeza para mirarlo.

Él te sostiene la botella y te ayuda a beber. Sus manos están firmes, pero sus movimientos son suaves. Se sienta a tu lado cuando terminas, pasándote el pulgar por la mejilla para limpiarte una gota de agua.

—Eres igual de terca que yo —masculla, aunque sus palabras carecen del veneno habitual. Hay más ternura que fastidio.

Tú ríes. O intentas. Suena más a un suspiro congestionado.

—Al menos no me niego a ir al baño cuando lo necesito —te burlas, con una mirada divertida.

Daryl se queda quieto un segundo. Luego baja la cabeza y suelta una risa breve, ronca, esa que pocas veces deja salir. Niega con la cabeza, como si no pudiera creer que te estás riendo mientras pareces estar derritiéndote de fiebre.

Se levanta y vuelve por la sopa, esta vez con más cuidado. Se la das a sorbos, entre pausas, mientras él se queda cerca, observándote como si temiera que fueras a desmayarte en cualquier momento. No lo dice, pero se nota que le importas. Mucho más de lo que él se permite mostrar.

Cuando terminas, te acomoda las mantas, te pone el paño frío en la frente, y antes de apagar la linterna que cuelga de un gancho en la pared, te lanza una última mirada.

—Mañana vas a estar mejor —

Y por primera vez, entiendes cómo se sintió él cuando se lo dijiste.

Asientes. Y él también.

Porque esta vez, sin palabras, los dos saben que están cuidándose mutuamente.







Adivinen quien anda igual de enferma que Daryl y rayita 🥹 pero aquí ando.

Escribiendo en lugar de descansar.

Prometo que muy pronto subiré capítulo en mi historia Dreaming of you, me dio un bloqueo horrible y apenas ando viendo como va a quedar todo.

Nos leemos pronto.

Imagine how this ends (Daryl Dixon y tu) One Shots. +18Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora