Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El mar.
Como amabas el mar.
Aún lograbas recordar la sensación de la brisa en tu piel dorada por el sol.
Aún lograbas escuchar el sonido de las olas golpear la superficie.
Aún recordabas lo que era estar en el bello y azul océano en un barco.
Y más aún, amabas vivir cada recuerdo de ello en los ojos del ser que más amabas sobre la tierra.
Daryl Dixon.
Cuando miraste sus ojos por primera vez, sentiste como tu alma te abandonaba y viajaba al pasado, transportándote a esas bellas tardes cuando eras una pequeña niña y vivías en la playa.
Sus ojos de océano te hacían recordar toda una vida, pero también te hacían vivir toda una a su lado.
Daryl había llegado para refrescar tu vida, había llegado para salvarte.
— ¿Por qué me miras tanto, dulzura? — susurra el hombre mientras acaricia con gentileza tu mejilla, ambos recostados en el sofá de la sala de su hogar.
— Tus ojos, es imposible no perderse en ellos — apoyas tus manos sobre su pecho, dejándote ser amada. — Podrían pasar mil noches oscuras, y siempre encontraría luz en ellos para guiar mi camino de vuelta a casa, de vuelta a ti —
La tímida sonrisa de Daryl se ensancha, y no puede evitar darte un beso de esquimal, aquellos que tanto te hacían reír y amarlo aún más.