Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La vela parpadea, lanzando sombras sobre las paredes desvencijadas del refugio. El mundo allá afuera podría estar cayéndose a pedazos, pero aquí, en esta habitación cargada de tensión y deseo, el único sonido que importa es el de su respiración agitada.
Estás sentada sobre él, tus piernas firmes a ambos lados de sus caderas. Daryl Dixon, el hombre que ha enfrentado caminantes, pérdida y soledad con los puños apretados y la mandíbula tensa... ahora está bajo ti, vulnerable.
Tus dedos se deslizan lentos, casi perezosos, por su pecho desnudo, sintiendo el temblor en su piel, la tensión que se acumula con cada segundo que no le das lo que quiere.
—¿Te mereces esto? —susurras, tu voz una caricia peligrosa mientras tus caderas se mueven lo justo, lo mínimo, para desquiciarlo.
Daryl traga saliva, sus manos te aprietan con fuerza desesperada. Intenta levantarse, acortar la distancia y besarte. Pero tú lo empujas hacia atrás con una sola mano sobre su pecho.
—No. Aún no -
—Joder... —gime entre dientes—Por favor...—
Tu mirada lo atraviesa.
—¿Por favor qué?—
—Déjame besarte. Necesito... necesito más. —Su voz está quebrada, temblando con algo más profundo que deseo: necesidad, hambre de ti.
Tú sonríes, lenta, cruel. Te inclinas, rozas sus labios con los tuyos apenas un segundo y luego te retiras, justo cuando él intenta alcanzarte de nuevo.
—No tan rápido, Dixon —le susurras contra la boca—Hoy vas a suplicar de verdad—
Su cabeza cae hacia atrás, los dientes apretados, las manos crispadas a tus caderas. El orgullo le arde en los ojos, pero está perdiendo. Ya lo sabes. Lo ves en la forma en que se retuerce bajo ti, en cómo su voz ya no puede mantenerse firme.
—Haré lo que quieras. Lo que sea —murmura—Solo dame más. Tócame, muévete... haz lo que quieras conmigo. Solo no te detengas —
Tu sonrisa se ensancha. Ahora lo tienes. Completamente a tu merced.
Y solo entonces, lo premias con un movimiento de tus caderas que lo hace gemir tu nombre, como si fuese una oración.
—Eso es —susurras, inclinándote por fin hasta sus labios—Así me gusta. Rendido. Solo mío—