Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El cuarto todavía conserva el calor de la noche. Sales del baño envuelta en una toalla, y una ráfaga tibia te envuelve al pisar la habitación, mezclando el olor a madera húmeda, a tierra que se cuela por la ventana entreabierta, y el aroma más íntimo de las mantas que compartieron.
Allí está él. Daryl.
No en la cama, sino en el suelo, donde improvisaron un nido de cobijas arrugadas y almohadas torcidas. Se ha quedado en bóxer, con la piel marcada por pliegues de tela, y cubierto hasta el pecho por una manta gruesa que parece pesar más de lo que debería. Tiene el ceño fruncido, una de esas arrugas profundas que solo desaparecen cuando está dormido... o contigo.
Se incorpora apenas cuando pasas frente a él, siguiéndote con la mirada mientras buscas ropa. No dice nada, solo observa, como si el simple hecho de mirarte moverte fuera un ancla que lo mantiene despierto.
—Vamos, bebé, levántate —dices en tono suave, mientras te pones la camiseta.
Él ni pestañea. Se encoje un poco bajo la manta, girando de costado para seguir mirándote, los ojos medio entornados.
—Daryl... —resoplas, intentando sonar firme, pero tu voz se quiebra con una sonrisa inevitable.
Él deja escapar un resoplido y, con una lentitud casi teatral, hace un pequeño puchero. El labio inferior asoma bajo su barba, apenas temblando, y tú no puedes evitar reír.
—¿Sabes que te ves ridículamente adorable haciendo eso? —comentas, cruzando los brazos.
Daryl aprieta las cobijas contra su cuerpo, encogiéndose como si el suelo fuera lo más cómodo del mundo.
—No quiero salir con Aaron —gruñe, con un tono entre niño caprichoso y hombre agotado. — Habla mucho —
—No es tan terrible —replicas, aunque ya sabes que has perdido.
Te arrodillas junto a él y le apartas el flequillo de la frente. Él inclina apenas la cabeza hacia tu mano, sin dejar de mirarte. Su respiración es lenta, pesada, y entiendes que no es solo flojera: es una necesidad de quedarse en este espacio seguro un poco más.
Suspiras, rindiéndote.
—Está bien... quédate bebé —
Daryl cierra los ojos, y el puchero se suaviza hasta convertirse en una media sonrisa. Sin abrirlos, murmura.
—Gracias —
Te quedas un momento más, viendo cómo su pecho sube y baja bajo la manta. Afuera, el día sigue avanzando, pero aquí, en este pequeño rincón de calor y quietud, él puede permitirse no luchar contra nada.
Y por hoy, decides, eso es exactamente lo que necesita.