Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Salir de expedición con Daryl y Rick se había vuelto costumbre, y era divertido hacer enojar al hombre cuando se trataba de acompañar a Daryl a dar pequeñas vueltas.
Daryl estaba en el asiento del copiloto de la camioneta, con una pierna colgando fuera del marco de la puerta abierta. Sostenía el mapa con una mano, pero su mirada no estaba en las rutas ni en los nombres de los pueblos fantasmas por los que pasarían. Estaba fija en ti.
Tú reías con Tara, Noah y Glenn junto al porche medio derrumbado de lo que alguna vez fue una tienda. Una paleta, un hallazgo improbable en medio del caos, colgaba de tus labios. La chupabas sin pensar, distraída, hasta que sentiste su mirada clavarse en ti como una daga caliente.
Rick giró la cabeza hacia Daryl desde el asiento del conductor.
— ¿Estás mirando el mapa o ha _____? —
Daryl no respondió.
— Daryl — insistió Rick, chasqueando los dedos frente a sus ojos.
— ¡El mapa, hombre! —
Daryl parpadeó, molesto, y le lanzó una mirada agria.
— Ya, miré — murmuró y rascó su frente.
Rick se rió y volvió a mirar al frente, murmurando algo sobre las ruinas del puente en la carretera 19. Pero Daryl ya no lo escuchaba. Giró de nuevo la cabeza hacia ti... y ahí estabas. Mirándolo. Directamente.
Sonreíste con una picardía afilada y llevaste la paleta de nuevo a la boca. Pero esta vez no fue casual. Esta vez fue intencionado. Tus labios la rodearon lentamente, tu lengua recorrió el caramelo con una lentitud provocadora.
Daryl apretó los puños sobre sus muslos, sus nudillos tensos. Te lanzó una mirada dura, cargada de advertencia...
Tú no apartaste la vista.
El juego había comenzado.
~•~•~
La noche había caído en Alexandria con un silencio espeso, roto apenas por el viento moviendo las hojas y el crujir de alguna madera vieja. Caminabas hacia la puerta de tu casa con el calor de sus miradas aún ardiendo en tu piel. Antes de que pudieras tocar el picaporte, una mano firme lo giró por ti desde atrás.
La puerta se abrió, y un cuerpo caliente te empujó suavemente hacia adentro.
La cerradura se cerró con un clic sordo. Antes de que pudieras girarte, sentiste sus manos en tu cintura, su pecho contra tu espalda, su respiración acelerada en tu oído.
—¿Creías que te ibas a salir con la tuya? —susurró Daryl, su voz ronca.
Te giraste apenas y lo miraste, pero no tuviste tiempo de responder.
Sus labios se lanzaron sobre los tuyos con una urgencia cruda. Era deseo acumulado, rabia dulce, obsesión contenida. Reíste en su boca, y eso lo hizo apretarte más fuerte.
—Cállate —murmuró, su voz vibrando entre los besos.— No sabes lo que me hiciste hoy —
Sus manos te buscaron con una seguridad instintiva, como si supiera exactamente dónde tocarte para quebrarte la risa en un gemido. Tu respiración se volvió entrecortada.
—Esta noche —dijo, llevando sus labios a tu cuello, bajando el tono.— Vas a pagar por cada maldita vez que me miraste así —