Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El motor del auto está apagado, y el silencio del bosque se cuela por las ventanas entreabiertas. Afuera, el aire huele a tierra húmeda y a hojas recién agitadas por el viento, pero aquí dentro el calor persiste, atrapado entre la tela de los asientos y el vaho que empaña el cristal.
Estás recostada sobre su pecho, ambos desnudos, la respiración acompasada al ritmo del latido firme que sientes bajo tu oído. La piel de Daryl todavía conserva el calor de lo que pasó hace unos minutos, y su brazo rodea tu espalda, la palma áspera subiendo y bajando con movimientos lentos, como si temiera romper el momento.
No hablan. No hace falta. El silencio, de alguna forma, dice más que cualquier palabra. Afuera, una rama cruje. Un pájaro canta, lejano. Él resopla suavemente, y esa vibración en su pecho hace que sonrías contra su piel.
—¿Qué? —murmura, la voz ronca, quebrada por el esfuerzo y la calma que le sigue.
—Nada —respondes, sin moverte.— Me gusta esto—
No necesita preguntarte qué significa "esto". Lo sabe. Lo siente igual que tú. El momento. La calma después de la tormenta. La certeza de que, por un instante, el mundo entero se ha reducido a este asiento trasero, a su calor y al tuyo.
Su mano sube despacio por tu columna, deteniéndose en la base de tu cuello, donde dibuja círculos pequeños con el pulgar. Ese gesto, tan mínimo, te eriza la piel. Daryl no es de caricias largas ni palabras bonitas; lo suyo siempre ha sido breve, directo... pero cuando las da, sabes que significan más que cualquier discurso.
—Deberíamos vestirnos —dice, aunque no hace el menor intento por apartarse.
—Mm... —haces un sonido que es más protesta que respuesta.
—Te vas a resfriar —
—Tú también — murmuras.
Sientes cómo su pecho se mueve con una risa corta, casi muda. No lo ves, pero sabes que ha entornado los ojos y que esa media sonrisa suya está ahí, apenas visible.
—Eres cabezota —murmura.
—Mira quién habla —
Se queda en silencio, y por un momento piensas que ahí quedó la conversación, pero su mano deja de moverse y baja a rodearte con más fuerza, como si quisiera asegurarse de que no te vayas a ningún lado.
—Sólo te quiero para mí —dice, y no es una broma. La forma en que lo suelta, grave y sin mirarte, lo hace sonar como una confesión que no pensaba decir.
Levantas la cabeza para verlo. Sus ojos azules se clavan en los tuyos, directos, sin parpadear. Podrías jurar que le late más rápido el corazón.
—Está bien —dices, y no tienes que pensarlo.
Él frunce un poco el ceño, como si estuviera evaluando si hablas en serio, pero luego la tensión en su mandíbula se afloja. La comisura de sus labios se curva apenas, ese gesto diminuto que en él equivale a una sonrisa completa.
—Bien —responde, y vuelve a apoyarte contra su pecho.
Te acomodas otra vez, dejando que el peso de su brazo y el calor de su piel te envuelvan. El cristal a tu lado está empañado, y con un dedo trazas una línea curva sobre él, sin pensar. Daryl sigue tu movimiento con la mirada, y luego deja un beso rápido en tu cabello. Es tan inesperado que parpadeas, sorprendida.
—No empieces —gruñe, adivinando la pregunta que te ibas a atrever a hacer.
—No he dicho nada —
—Pero ibas a hacerlo —
Se queda callado después de eso, pero el pulgar vuelve a moverse en tu espalda, lento, constante. Afuera, el cielo empieza a oscurecerse, y una ráfaga de viento sacude las ramas, dejando caer algunas hojas sobre el techo del auto. Ese golpeteo suave marca un ritmo que acompaña el suyo, respirando contigo.
Piensas en la expedición, en cómo salieron a buscar provisiones y cómo terminaron aquí, con las mochilas en el maletero, olvidadas por completo. Piensas en su mano agarrando la tuya para ayudarte a saltar un tronco caído, en su mirada fugaz cuando tus dedos se quedaron más tiempo de lo necesario sobre los suyos. Piensas en cómo él no es de dar pasos en falso, y en que si ha cruzado este, es porque de verdad quiere hacerlo.
—No lo digo mucho, pero... —empieza, y su voz se apaga un segundo antes de retomar— ...me gustas. Mucho —
Te ríes bajito, no para burlarte, sino porque ese "mucho" suena a él, corto y contundente, pero cargado de significado.
—Lo sé —respondes.
Él aprieta el brazo a tu alrededor.
—Bien —
La palabra queda suspendida entre los dos, simple pero sólida, como una promesa.
Pasas un rato así, escuchando su respiración, hasta que el frío empieza a colarse por las rendijas del auto. Te mueves un poco, y él te deja, a regañadientes, para buscar la ropa tirada en el suelo del auto. Se viste rápido, como si tuviera miedo de romper el momento si tarda demasiado.
Cuando tú terminas, él ya está sentado en el asiento, abrochándose el chaleco. Lo miras de reojo, y él desvía la vista, incómodo con la atención.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada... —dices, sonriendo.
Se inclina hacia ti, apoya una mano en tu rodilla y la aprieta suavemente antes de abrir la puerta. El aire frío entra de golpe, pero no logra borrar el calor que todavía sientes.
Al bajar del auto, sus dedos rozan los tuyos. No es un agarre abierto, pero tampoco un accidente. Es Daryl siendo Daryl: diciendo más con un toque que con cien palabras.
Sabes que cuando diga que solo te quiere para él, no será una frase pasajera. Será un hecho. Y tú, sin dudarlo, ya le has dicho que sí.