Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Sentías la fuerte mirada de Daryl a tus espaldas, y lo estabas disfrutando como nunca.
Ya había pasado una semana desde aquella noche en la que básicamente admitieron sus sentimientos por el otro, pero nada había pasado después de eso.
Absolutamente nada.
Sabías que Daryl no era el tipo de estar en relaciones, ser romántico y todo lo que a ti te gustaba, pero muy en el fondo, habías esperado a que les dijera, o demostrara a todos públicamente que estaban juntos.
Pero tampoco había sucedido.
Sabías que si se lo sugerías, lo haría porque siempre accedía a todo lo que querías, por lo que estabas llevando a cabo un plan b.
Darle celos.
Y estaba funcionando de maravilla.
Darle celos a Daryl, haría que hiciera una escena donde por fin todos sabrían que estaban juntos, no te importaba si se comportaba posesivo, te besaba con posesión, o simplemente amenazaba al tipo del cual ni recordabas su nombre, solo querías que Daryl por fin te reclamara como suya.
El tipo que te hablaba animadamente te empezaba a aburrir, era joven, de cabello rizado y dorado, era algo y pecoso, y un poco flacucho.
No estaba ni cerca de ser tu tipo de hombre.
Por qué Daryl era tu único tipo de hombre.
Y solo tuyo.
— ¿Te conté que atrapamos un conejo que estaba suelto por aquí, y lo llevamos a que lo guisaran? —
Abres los ojos horrorizada, y dejas caer al suelo tu arco, mientras tu mirada busca donde se preparaban los alimentos, y en una parrilla, ves al pequeño conejo que Daryl y tu habían atrapado para ti.
Alguien se estaba por cenar tu mascota.
— ¡No! — empujas al chico y empiezas a correr rumbo al pequeño corral que habías hecho para el pequeño conejo.
Cuando te acercas, ves este vacío, te dejas caer de rodillas y sin poderlo evitar, sollozas.
Escuchas los pasos apresurados de alguien detrás de ti, y como su mano se pone en tu hombro.
— ¡No me toques, estúpido! — gritas, pensado que el rizado era quien te había seguido.
— Bien, bien, solo dime qué pasó— murmura tu ojiazul favorito, giras con rapidez tu cabeza y al verlo, te aferras a su pecho, mientras sollozas, sientes que el te abraza y acaricia tu espalda.