Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El anciano termina de vendar tu mano, y jadeas cuando hace un poco de presión ya que aún seguía lastimada.
— La próxima vez que vayas a golpear a alguien, pon de esta manera los dedos — alza su mano izquierda, mientras los cierra en puños sus dedos y el pulgar lo pone sobre los demás. — De esta manera, hay menos probabilidad de lastimarte, y que al oponente le duela más —
Sonríes, con vergüenza, mientras volteas a ver al hombre de ojos azules que estaba recargado en la pared con una bandita en su nariz luego de que se la lastimaras.
— No le des ideas hombre, a la próxima me la va a romper —
Aprietas la boca tratando de ocultar la sonrisa de vergüenza
— En mi defensa, no te conozco, y creí que me estaban secuestrando —
— Esto me pasa por querer obrar bien— murmura mientras se aleja, saliendo de el comedor de la prisión donde aparentemente esas personas se alojaban.
Y es que luego de aquella caída, los hombres que habían visto todo aquel espectáculo te habían subido a su auto, y te habían llevado hasta la prisión que era su hogar, y el problema fue que despertaste a medio camino al lugar y cuando el hombre de la ballesta lo noto, se giró para tratar de calmarte y explicarte que no eran peligrosos y que te llevaban a un lugar seguro, pero tu puño había terminado en su rostro apenas y empezó a hablar.
Había sido todo un caos y casi provocabas que el carro se volcara cuando trataste de ahorcar con el cinturón al otro que conducía.
Te habían tenido que amarrar y amordazar por que no dejabas de gritar, y no querían que llamaras la atención de los muertos.
Había sido toda una función, y hasta que viste a niños y mujeres fue que te tranquilizaste.
— Tranquila hija, se le pasará, es normal que reaccionaras así, sola con dos completos desconocidos debió de ser aterrador —
Asientes, mirando por donde el hombre de ojos azules se había marchado.
— Listo, ahora ven, acompáñame, hay personas que te quieren conocer, eres toda una celebridad —
— Dios, deben de pensar que estoy loca, le rompí la nariz a uno y al otro lo estaba ahorcando —
El anciano te sonríe, y se levanta con ayuda de sus muletas.
— Lo que hiciste fue defenderte, y eso está bien, hoy en día es muy importante hacerlo — extiende su mano, invitándote a levantarte y la aceptas, sin impulsarte para no tirarlo. — Vamos, nos esperan —