Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La casa estaba en silencio, salvo por el crujido ocasional de la madera y el lejano susurro del viento contra las ventanas. El mundo afuera aún dolía, pero Alexandria ofrecía pequeños respiros. En el sofá, con una manta cubriéndote las piernas hinchadas y un libro de maternidad abierto entre tus manos, intentabas distraerte de los pensamientos que no te dejaban dormir.
El embarazo no había sido planeado. El padre del bebé, Owen, había sido amable, dulce... pero su historia contigo fue breve, casi como un suspiro entre tantos días de lucha. Justo cuando comenzaban a hablar del futuro, lo perdiste. Una salida por suministros, un ataque inesperado, y todo quedó en cenizas. Lo lloraste, pero más que a él, lloraste la promesa que nunca se cumplió.
Subiste a vivir a una de las casas compartidas, y Daryl... Daryl había estado ahí desde el primer día. Sin muchas palabras, sin juicios. Siempre con esa forma suya de estar cerca sin parecer que lo estaba.
El rechinido de la escalera te sacó de tus pensamientos. Levantaste la vista y viste a Daryl bajar, despeinado, en camiseta y jeans, como si hubiera bajado por rutina. Se detuvo al verte despierta.
—¿Estás bien? —preguntó con voz ronca— ¿El bebé también?—
Sonreíste un poco, dejando el libro sobre tu regazo.
—Sí... solo no puedo dormir. Me siento como una bomba a punto de estallar. Faltan días y ya me estoy imaginando todos los peores escenarios —intentaste bromear, pero tu voz tembló al final.
Daryl asintió, como si comprendiera sin necesitar muchas palabras. Iba a seguir hacia la cocina, pero se detuvo. Dudó un momento, y luego, sin decir nada, caminó hacia ti y se sentó en la mesita frente al sofá, apoyando los codos en sus rodillas.
—Yo tampoco duermo mucho últimamente —dijo en voz baja.
—¿Pesadillas?—
—No sé. Tal vez. O tal vez solo... me quedé estancado—
Lo miraste con suavidad. Daryl siempre fue difícil de descifrar, pero había aprendido a leer los silencios entre sus frases, las grietas en su tono.
—A veces yo también me siento así... como si todavía estuviéramos huyendo, aunque estemos rodeados de paredes y luces eléctricas—
Él asintió sin mirarte, jugueteando con un hilo suelto de su pantalón. Luego, tras unos segundos de silencio, levantó la mirada.
—No dejamos las cosas bien. Tú y yo —
Bajaste los ojos, sabiendo a qué se refería. Habían sido algo en la prisión. Algo real, aunque nunca lo llamaron por su nombre. Pero después... después todo se quebró. La muerte de Beth lo arrastró a un pozo del que nadie pudo sacarlo por mucho tiempo. Y tú... tú también tuviste que seguir adelante.
—No —respondiste con sinceridad—. Pero en ese entonces... sentí que tú necesitabas estar solo—
Daryl apretó la mandíbula.
—No era que no te necesitara. Solo... no sabía cómo mostrarlo sin hacer más daño—
Asentiste. Era la verdad. Siempre lo supiste.
—Owen fue... bonito mientras duró. Pero a veces, cuando hablaba del futuro, no podía evitar pensar en ti. En lo que tú y yo habíamos sido—
Daryl tragó saliva, su mirada se oscureció con algo que parecía culpa.
—No vine aquí a hablar de eso, no si te molesta. Solo... quería que supieras que, aunque todo se haya ido a la mierda entre nosotros, yo estoy aquí. Para ti. Para ese bebé. No importa si no es mío. Eso no cambia nada—
Te costó respirar un momento. Las palabras pesaban, y tu corazón, con sus ritmos desordenados desde hacía meses, se encendió con una vieja luz.
—Gracias, Daryl —dijiste con voz baja— Significa mucho más de lo que imaginas—
Él se incorporó un poco, acercándose con cautela.
—No es solo por responsabilidad. Es porque todavía siento algo por ti. Desde siempre. Nunca se fue. Ni en los peores momentos. Me costó admitirlo, pero... nunca dejé de quererte—
El nudo en tu garganta se rompió en una lágrima silenciosa.
—Yo también, Daryl. Siempre fuiste tu —
Él asintió, los ojos vidriosos, pero firmes. Entonces se inclinó un poco, sin presionarte, y tú lo abrazaste. Su pecho era cálido, seguro. Tu cabeza quedó recargada en su hombro, y por primera vez en semanas, te sentiste en paz.
Ahí, en medio del silencio de la noche y los murmullos de un mundo que intentaba reconstruirse, te quedaste dormida en sus brazos. Y Daryl se quedó contigo, velando tu sueño... como lo haría siempre.