Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Ya era noche cuando las puertas de Alexandria se abrieron para ti, llevabas alrededor de un mes fuera de la comunidad ya que disfrutabas de la soledad.
O más bien era una excusa para no tener que lidiar con los estirados que solían fastidiarte y querer obligarte formar parte de su falsa burbuja donde no existían los errantes.
Los creías débiles y odiabas cuando trataban de minimizar la realidad con fiestas y reuniones de té.
Saludas a Nicholas con la cabeza, no te agradaba el sujeto pero siempre estaba atento para abrir y cerrar el portón cuando alguien lo necesitara. Observas que tiene golpes en el rostro, y piensas burlarte de él, pues sabías que algo había hecho para merecerlos, pero poco te importaba saber la razón de ello.
No llevabas arma de fuego contigo, solo tu arco y tu cuchillo de caza, sabías que era arriesgado, pero la adrenalina te mantenía con vida, por lo que no tuviste que hacer parada para entregar alguna, caminaste directo a tu hogar, el cual compartías con Aaron y tu cuñado.
Masajeas tu cuello, estabas muy cansada, además de que estabas extremadamente sucia, olorosa, y llena de sangre errante.
Pero te detienes y miras con sorpresa como a varias casas de distancia de la tuya, se encuentran dos casas habitadas, además de que fuera de una de estas estaba un hombre de espaldas a ti trabajando con ciertas piezas de motocicleta que reconocías, pues tu las habías traído junto con tu hermano cuando salían de vez en cuando.
Con el ceño fruncido te acercas hasta él, sostienes la mochila que colgaba en tu espalda y estaba pesada, pues llevabas otra parte para la motocicleta que tenías pensado algún día armar con Aaron.
— ¿Mi hermano te dio todo esto? — preguntas, deteniéndote a pocos pasos del hombre, notando que llevaba un chaleco con alas, recordándote el tatuaje que llevabas en el hombro izquierdo.
Él se sobresalta al escucharte y gira con rapidez, y abres ligeramente la boca al darte cuenta de lo guapo y atractivo que era.
El hombre era jodidamente atractivo.
Mierda.
Era un hombre alto, caucásico, de ojos azules profundos, cabello algo largo y castaño oscuro, además de que tenía un llamativo lunar en su mejilla izquierda, justo como tu.
Tenía sus brazos descubiertos, los cuales eran fornidos y algo musculosos, estaban tensos, y como si no fuera suficiente escanearlo, tu atención se desvía más abajo y abres los ojos enormemente, pues vez como su mano empezaba a sangrar en sobremanera.