Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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—Solo quiero salir un rato, Daryl. No es tan grave —le repites, por tercera vez, conteniendo la frustración que te arde en la garganta.
Él se pasa la mano por la cara, molesto. Está cansado, lo ves en su mirada, pero también está furioso. Y no lo entiendes.
—¿Y a dónde carajo quieres ir, _____? ¿A buscar qué? ¿Una mordida? ¿Una muerte estúpida por curiosidad? —
—¡No es por curiosidad! —le gritas.— Es por aire. Por ver algo que no sea siempre lo mismo. Por sentir que sigo viva, ¡que no me estoy pudriendo aquí dentro como todos los demás! —
Él se queda mirándote un segundo, como si tus palabras fueran veneno.
—Estás loca —dice en voz baja, casi con desprecio.— Estás igual de loca que tu madre —
El mundo se detiene. El suelo se vuelve blando bajo tus pies.
—¿Qué dijiste? —preguntas, sin reconocer tu propia voz.
Él baja la mirada un segundo, pero luego la alza, y lo dice de nuevo, sin temblar.
—Eres igual que ella. Tan suicida como fue ella, y por eso terminó como terminó —
Algo dentro de ti se rompe. No una grieta. No una fisura. Una ruptura total.
—Vete a la mierda, Daryl —
Él abre la boca, te dice tu nombre, suave, como si con eso pudiera borrarlo.
—¡No! —
Sientes cómo las lágrimas te queman detrás de los ojos, pero no se las das. No se las merece.
—Acabas de cruzar una línea. No sé si por enojo o por cobardía, pero no voy a quedarme al lado de alguien que usa lo peor de mí como un arma. Que escupe mi dolor como si fuera nada —
— Lo siento, _____, lo siento —
Él da un paso hacia ti, pero levantas la mano, firme.
—Se acabó, esto se acabo —
Y te das la vuelta. Caminas sin prisa, pero con firmeza. Cada paso pesa una tonelada, pero no te detienes. Y no miras atrás.
Daryl se quedó quieto por unos segundos, mirando el espacio que dejaste al alejarte. Tenía el ceño fruncido, los puños apretados a los costados. El calor del momento aún le quemaba en el pecho, pero no era más fuerte que el peso que comenzaba a crecer en su estómago: el de la culpa.
—Maldita sea —murmuró para sí, pateando una piedrita que no tenía la culpa de nada.
No había tenido intención de herirte, mucho menos de decir lo que dijo. Las palabras se le salieron como si alguien más las hubiese empujado por su boca, y ahora, con el eco de tu voz aún resonando en su cabeza, se dio cuenta de lo estúpido que había sido.
Te vio alejarte, sin voltear, y eso le dolió más que cualquier grito.
Se pasó una mano por el cabello, respiró hondo y masculló, bajito.
—No debí decir eso... carajo —
Se apoyó contra el capó de la camioneta, mirando hacia el camino por donde te fuiste. El cigarro en su bolsillo temblaba entre sus dedos, pero no lo encendió. No esta vez.