Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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Sabías que algo estaba pasando en el Santuario desde que empezaron los susurros. Caminabas como una sombra entre los pasillos, haciendo lo tuyo, sin levantar la vista más de lo necesario. Las reglas aquí eran claras: no hables de lo que escuchas, no mires más de la cuenta y no hagas preguntas. Habías aprendido a sobrevivir, y eso te mantenía viva.
Pero ese día... ese maldito día en que Negan salió al patio con esa sonrisa arrogante, como si fuese intocable.
Iba caminando con su típica actitud de rey en su castillo. Y tú apenas te detuviste a mirarlo cuando lo viste detrás de él. Desaliñado, con la mirada cansada, esposado, pero de pie como siempre. Como si su orgullo no se pudiera encadenar.
Daryl.
Tu corazón se detuvo por un segundo. Daryl Dixon. No era un fantasma ni una alucinación de tu mente desesperada. Era él. De carne, hueso y mugre.
El aire se te fue de los pulmones.
Habías compartido tantas cosas con él en Atlanta. Miradas robadas, silencios que decían más que las palabras, ese intento de algo que no pudo ser porque el mundo se estaba yendo al carajo. Después, la granja... y el caos. El fuego, los gritos, los caminantes. Habías corrido hacia el bosque, separándote del grupo. Nunca supiste qué había sido de ellos. Nunca supiste si Daryl había sobrevivido.
Hasta hoy.
—¡Daryl! —gritaste sin pensarlo, empujando a quien fuera para acercarte.
Él te miró. Se detuvo. Sus ojos se agrandaron y por un segundo pareció que se le olvidaban las cadenas, los golpes, el encierro. Dijo tu nombre. No lo gritó, no lo susurró. Lo pronunció con esa voz ronca que siempre te revolvía el estómago.
Fuiste hacia él.
Pero los hombres de Negan fueron más rápidos. Te sujetaron de los brazos, uno por cada lado. Forcejeaste. Mordiste. Pateaste.
—¡No! — gritaste, forcejeando.
Daryl trató de avanzar también, pero alguien lo empujó por la espalda. Casi cayó. Se sostuvo como pudo. Sus ojos no se despegaban de ti. Negan se detuvo al verlos. Su sonrisa se ensanchó como si acabara de encontrar un juguete nuevo.
—Mira nada más... esto se pone interesante —
Te retorciste en sus manos, te faltaba el aire de la rabia. Solo querías tocarlo, asegurarte de que estaba bien, de que era real.
—¿Se conocen, eh? —dijo Negan con voz burlona, dándose vuelta lentamente. — Bueno, bueno, bueno... Parece que el perro faldero de Rick tiene un corazón. Y una debilidad —
¿Rick está vivo?
Te observó con detenimiento, como si fueras una pieza que de pronto había encajado en su juego macabro.
—Llévenla a una celda. A una cerca de la suya. Que la escuche, que la huela... que sepa que si no coopera, ella paga las consecuencias —
—¡No! ¡No, por favor! ¡Daryl! —suplicaste mientras te arrastraban.
—¡Déjenla, hijos de puta! —gritó Daryl sin poder hacer nada, mientras recibía golpes.
—¡Daryl! —llamaste una última vez, estirando la mano.
Y él también lo hizo. Su brazo atravesó a duras penas a los guardias. Y por un instante, un solo instante, la punta de tus dedos rozó los suyos.
Ese simple roce fue todo lo que les dejaron.
Un toque desesperado, cargado de historia, dolor, preguntas no hechas y besos no dados.
Te metieron a rastras en la celda. La puerta se cerró con estruendo. Y tú te quedaste sentada en el suelo, mirando al vacío. Pero no lloraste. No todavía.
Porque él estaba vivo.
Y ahora te tenía cerca.
Y si te tenía cerca... tal vez aún no todo estaba perdido.