Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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El sol comenzaba a ponerse detrás de las montañas lejanas, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y rosados que contrastaban con la oscuridad que acechaba a las afueras del campamento. El aire era fresco, y el sonido lejano de los caminantes en las colinas cercanas solo servía para recordarles que el peligro estaba siempre al acecho.
Sentada sobre una roca, con el cuchillo en las manos, tú afilabas la hoja con concentración. Sabías que era necesario. Cada herramienta, cada arma, cada objeto a tu disposición debía estar en las mejores condiciones posibles. Un error podría costarles la vida, y eso nunca lo olvidabas. Pero, en ese momento, había algo que te distraía. Algo que te mantenía la mente ocupada, más allá de las afiladas facetas de acero y piedra.
Era él. Daryl.
Desde que comenzaron a trabajar juntos, su presencia se había vuelto una constante en tu vida. A veces, sentías que el peso de la diferencia de edad entre los dos te hundía, pero luego él hacía algo tan sencillo y natural, como mirarte con esa expresión en su rostro rudo, que el resto del mundo se desvanecía. Los años entre ustedes no importaban, aunque en tu mente la distancia era cada vez más palpable.
Daryl no era un hombre de palabras dulces, y mucho menos de demostraciones de afecto, pero había algo en su manera de tratarte que te hacía sentir especial, a su manera. Siempre tan fuerte, tan firme en sus decisiones, con una habilidad para mantenerse calmado incluso en las peores situaciones. Eso te hacía admirarlo, más de lo que querías admitir.
No te diste cuenta de cuánto tiempo habías pasado mirando su figura mientras trabajaba cerca de la fogata, hasta que él te atrapó.
— ¿Qué tanto me miras, mocosa? — murmuró, sin dejar de afilar su propio cuchillo, sin mirarte, pero sabiendo exactamente lo que pasaba por tu mente.
El sonido del metal raspando sobre metal llenaba el espacio, y te sentiste avergonzada al ser sorprendida en ese momento. Rápidamente volviste la mirada hacia tu cuchillo, intentando concentrarte en la tarea que habías dejado de lado.
— En lo afortunada que soy de tenerte como compañero de expedición — dijiste sin pensarlo, y, al instante, te arrepentiste. Tu voz había salido más suave de lo que pretendías, pero no te arrepentías de las palabras.
Daryl, sin dejar de afilar, hizo una mueca de desdén, pero algo en sus ojos cambió. No dijo nada, y en cambio, un pequeño suspiro se escapó de sus labios. Un movimiento casi imperceptible, pero suficiente para que tus latidos aumentaran de golpe.
— No digas tonterías — gruñó él, y por un instante, parecía que la conversación moría ahí. Pero, para tu sorpresa, cuando levantó la mirada hacia ti, una ligera sonrisa apareció en su rostro, esa que rara vez dejaba escapar, pero que para ti significaba más que mil palabras. — Yo también siento lo mismo — dijo en voz baja, sin añadir más.
El aire entre los dos quedó suspendido. Por un momento, el caos de la apocalipsis no existió. No había caminantes, ni falta de suministros, ni amenazas que acecharan. Solo estaba él, y tú, bajo el cielo moribundo, compartiendo un silencio cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Pero entonces, el silencio fue interrumpido por un sonido, algo lejano al principio, pero cada vez más cercano. El crujir de ramas rotas, el susurro del viento que no venía solo, sino acompañado de pasos pesados y arrastrados.
Los caminantes.
Tus sentidos se agudizaron al instante. Daryl, como siempre, ya había saltado de su lugar, sus ojos escaneando el entorno con precisión. No hizo falta que hablaran. Ambos sabían que la hora de trabajar había llegado.
Con rapidez, te pusiste de pie, guardando el cuchillo en su funda, mientras él hacía lo mismo con su arco, preparándose para lo que ya se había vuelto rutina. Los caminantes siempre llegaban de forma impredecible, pero tú y Daryl habíais aprendido a lidiar con ello.
Casi al mismo tiempo, sus ojos se encontraron, y aunque las palabras no fueron necesarias, ambos entendieron lo que significaba ese breve contacto visual. Había algo más allá del trabajo en equipo. Algo que no podían controlar. Algo que ambos sabían que nunca podrían hablar, pero que siempre estaría entre ellos, invisible, pero palpable.
— Vamos — dijo Daryl con voz baja, como si las palabras pudieran romper el frágil equilibrio que acababan de crear.
Ambos se adentraron en la oscuridad, listos para enfrentar lo que viniera. Pero en el fondo, sabías que no era solo la supervivencia lo que los mantenía juntos. Era algo más. Algo que quizás nunca sería dicho en voz alta.