El roce de sus manos (3)

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Las semanas pasaron como lo hace el viento después de una tormenta: arrastrando lo que quedó en pie, dejando tierra removida y silencio

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Las semanas pasaron como lo hace el viento después de una tormenta: arrastrando lo que quedó en pie, dejando tierra removida y silencio.

Los Salvadores habían caído.

Negan también.

Y con su caída, llegó una paz extraña, incómoda... una que no sabías si merecías.

Daryl te había llevado a su hogar, aquella preciosa comunidad. Volviste a ver a Rick, Carol, Maggie, los únicos sobrevivientes de Georgia. Pero no esperabas que te recibieran con abrazos y besos, no después de haber estado del otro lado, aunque no por elección.

Te contaron todo. Las muertes, las pérdidas, la sangre que se había llevado a casi todos.

Shane. Patricia. Jimmy. Lori. T dog. Andrea. Hershel. Beth. Glenn.

Y la última... Carl.

Te costó respirar al escuchar ese nombre. Recordabas su voz de niño, su sombrero grande, su mirada curiosa. Recordabas cómo se sentaba cerca de ti para aprender a tocar la guitarra. Y ahora... ya no estaba.

Pero conociste a Judith.

Pequeña, valiente, con esa mirada que parecía llevar los ojos de todos los que ya no estaban.

Judith te miraba diferente. No con desconfianza, sino con esa inocencia sabia que a veces solo tienen los niños.

Sin embargo, los demás no confiaban en ti. Ni Michonne. Ni Rosita. Ni Aaron.

Y otra vez, no los culpabas.

Habías sobrevivido entre los Salvadores. Aunque fuiste prisionera, aunque no habías hecho daño... para ellos, eso bastaba.

La única razón por la que no te echaron fue él.

Daryl.

Él habló por ti cuando nadie más lo haría. Dijo que si no confiaban en ti, tampoco confiaran en él.

Y cuando la tensión se hizo insoportable, cuando notaste que Rick bajaba la mirada cada vez que entrabas en la casa, fue Daryl quien tomó tus cosas y las suyas y dijo: "Nos vamos."

Se fueron juntos a una casa vacía, a unas cuadras del molino. Pequeña, silenciosa, con ventanas grandes y escaleras crujientes. Daryl arregló la puerta con sus propias manos. Puso una silla frente al porche, como si eso bastara para llamar hogar a un sitio.

Y tú te encerraste por días.

No para esconderte.

Solo para respirar.

Ese día, la lluvia había cesado por fin. Dejando las calles húmedas y el aire con olor a tierra mojada.

Estabas en tu habitación. Una guitarra vieja y olvidada descansaba sobre tus piernas. La habías encontrado en el sótano de la casa. Una cuerda estaba rota, pero las demás aún conservaban su voz.

Te sentaste en el marco de la ventana, mirando sin ver. Tus dedos tocaron una melodía suave, casi como un secreto que solo tú recordabas.

Esa noche lejana cuando aún creías que podías enamorarte sin miedo.

Cuando todos se reunían alrededor de la fogata y tú cerrabas los ojos para cantar.

Y cantaste ahora.

Casi en susurros. Una letra que ya ni sabías si era tuya o si la inventabas mientras llorabas por dentro.

No lo escuchaste entrar. Él nunca hacía ruido. Daryl se acercó con pasos lentos, detenido por la escena frente a él.

Te miró como si no fueras real.

Como si su corazón no pudiera resistir otro espejismo.

Tocabas la guitarra con el ceño levemente fruncido, concentrada. Tu cabello caía sobre los hombros y tu voz temblaba con cada nota.

Y entonces, su mente lo llevó de regreso.

A ese instante en el Santuario.

Cuando te vio correr hacia él como una aparición.

Cuando dijo tu nombre en voz alta por primera vez en mucho tiempo.

Cuando rozó tus dedos con los suyos... y supo que no estaba solo.

No te había dejado de pensar ni un solo día desde entonces.

Se culpaba en silencio.

Por no haberte buscado.

Por haberse convencido de que no habrías sobrevivido.

Por tener miedo de encontrar tu cuerpo entre los escombros, en vez de tener el valor de encontrarte viva.

Tú fuiste la primera persona que él dejó entrar.

Y la única que nunca se fue, aunque el mundo colapsara.

Ahora que estabas ahí, tan cerca, con la mirada perdida en el horizonte y esa canción rota entre los labios, Daryl sintió que su pecho ya no podía contener todo lo que guardaba.

Dio un paso.

El crujido de la madera bajo su bota te devolvió al presente.

Te giraste.

Tus ojos se encontraron.

No dijiste nada.

No lo necesitaban.

Daryl se acercó sin palabras, se sentó frente a ti, en el suelo de madera, con las piernas cruzadas y la mirada clavada en la tuya.

—¿Esa canción...? —preguntó, la voz rasposa.

Asentiste.

—La misma que toqué en la granja. La noche que dijiste que sonaba a esperanza —

Daryl bajó la mirada. Cerró los ojos un segundo.

—Creí que nunca volvería a escucharla —

—Yo también —susurraste.

Un momento de silencio los envolvió. No era incómodo. Era necesario.

Como si el mundo doliera menos si estaban en la misma habitación.

Entonces, Daryl levantó la vista.

—No voy a dejar que te vayas otra vez —

Tú no respondiste. Pero la guitarra se deslizó de tu regazo y se quedó en el suelo.

Te acercaste a él. Apoyaste tu frente en la suya.

Y por primera vez desde que el mundo se rompió, el silencio no fue soledad.

Fue un refugio.

Un hogar.

Imagine how this ends (Daryl Dixon y tu) One Shots. +18Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora