Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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— ¿No piensas hablar dulzura? —
Con miedo miras al gobernador, quien juega con un par de pinzas en sus manos, pasando su mirada de ellas a ti.
Deseabas con toda tu vida estar muerta que a tener que ver como seguían torturando a Maggie y Glenn, ya habían pasado un par de minutos desde que los habían sacado del cuarto en el que a ti te tenían, y rogabas con todo tu ser por que te asesinaran.
Jamás dirías donde se encontraba tu grupo, tu familia, nunca le dirías que estaban refugiados en una prisión.
El hombre se para frente a ti donde te tiene amarrada, golpeando la mesa con aquellas pinzas, haciéndote sobresaltar, para luego bajar la mirada.
Tenías miedo, mucho miedo, solo querías irte de allí.
— De acuerdo, si tanto deseas no hablar, entonces así será — te toma con brusquedad del mentón, obligándote a abrir la boca, mientras espesas lágrimas recorren tus mejillas. — Te di muchas oportunidades, atente a las consecuencias—
Tratas de alejar tu rostro pero es imposible, te tiene inmovilizada, y con la poca fuerza que eres caos de ejercer, gritas el nombre del hombre que tanto querías sobre toda la tierra.
— ¡Daryl! —
Con pánico y terror sientes como mete las pinzas en tu boca, presionando tu lengua, jalando brutalmente de esta.
Daryl te siente removerte inquieta a su lado, por lo que se despierta con rapidez, viendo como te removías inquieta y aterrorizada por la pesadilla que estabas teniendo.
La misma que siempre te atormentaba.
— ________, despierta, linda —
Te sacude con cuidado, haciendo que despiertes al momento, mirando aterrada a todas partes, con lágrimas cayendo de tus ojos.
Tu barbilla tiembla y jadeas mientras te aferras a su pecho, sollozando, buscado refugio en él.
— Todo está bien cielo, estás bien, estamos bien —
Tu garganta duele, y solo eres capaz de llevar tus manos a tu cuello, haciendo presión, pues el vacío en tu cavidad bucal aún se sentía extraño.
Ya había pasado casi dos años luego de aquel suceso, ahora vivían en Alexandria, donde habían empezado a echar raíces.
Todos parecían que avanzaban, todos parecían que eran felices, todos menos tu.
No podías, simplemente aún no eras capaz de procesar el hecho de que habían perdido todo... De que habías perdido tu voz.
Aquella voz melodiosa con la que arrullabas a Carl cuando no podía dormir, aquella voz melodiosa cuando Beth cantaba para animar al grupo, aquella voz melodiosa cuando gemías el nombre del hombre que ahora te sostenía entre sus brazos y pecho.