Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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No sabías si era de día o de noche.
El mundo se había vuelto un lugar sin tiempo, sin forma. Solo existían las paredes húmedas de esa celda y el eco de tus pensamientos. A veces gritabas, pero ya no salía ningún sonido. Tu voz se había quebrado como tus uñas, como tu esperanza.
Habías visto a Daryl huir.
Habías creído que era tu salvación.
Y luego... nada.
Te atraparon mientras lo veías desaparecer entre las sombras. Habías gritado su nombre, pero él no se volteó. O no pudo. O no quiso. No lo sabías.
El dolor de esa noche te había seguido como una sombra que no se despega del alma.
Pasaron días. O semanas. Tal vez meses.
Perdiste la cuenta.
Te hablaste sola.
Imaginaste cosas.
A veces lo veías en tus sueños —o pesadillas—, entrando por la puerta, susurrando tu nombre.
Pero siempre despertabas sola, rota, encadenada al mismo rincón.
Y entonces, el estruendo.
Un ruido seco, como una explosión.
Después, gritos.
La alarma chillando como un animal herido.
Pasos, disparos, caos.
Tu corazón, demasiado débil para latir rápido, se encogió en tu pecho. Intentaste gritar, pedir ayuda, pero no salió más que un susurro ronco y seco. Apenas podías moverte. Tenías la piel rota en los labios, los brazos morados, y el cuerpo temblando de frío.
Fue después. Una eternidad después. Cuando la puerta de metal se abrió con un crujido salvaje, como si la arrancaran del marco.
Una silueta bloqueó la poca luz del pasillo. Grande. Desaliñada. Agitada.
—________ —dijo. Tu nombre. Roto, desesperado.
Tus ojos tardaron en enfocar. Tu cuerpo no reaccionó.
Pero lo sentiste.
Daryl.
No un recuerdo. No una alucinación.
Daryl.
Te agachaste un poco, como un animal herido, por si acaso no era real, por si era otro truco de tu mente hecha pedazos.
Pero entonces él se arrodilló frente a ti. Su mano temblorosa te rozó la mejilla, como aquella vez en la granja, cuando te habías cortado con un alambre. Su respiración era irregular.
—Estoy aquí. Te tengo. Ya estoy aquí —
Y te cargó.
Te cargó como si no pesaras nada. Como si hubieras sido hecha para estar en sus brazos. Tu rostro se hundió en su pecho, y el olor a tierra, sudor y humo fue lo más hermoso que habías sentido en años.
—Pensé que estabas muerta —murmuró, la voz quebrada.
Intentaste responder, pero solo salió aire.
Y no hacía falta más. Tus lágrimas mojaron su camisa sucia.