Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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La casa estaba tranquila esa mañana, apenas invadida por los sonidos suaves de la vida cotidiana. El aroma del café llenaba el aire, pero algo más captó tu atención, risas.
Risas puras, sinceras, esas que son imposibles de fingir.
Curiosa, dejaste la cocina y caminaste sin hacer ruido por el pasillo. La puerta del baño estaba entreabierta, y al asomarte, la escena que viste te arrancó una sonrisa tan cálida como el sol de primavera.
Allí estaba Daryl, de pie frente al espejo, con el cabello húmedo pegado a su frente, una simple toalla anudada a su cintura. A su lado, en un pequeño short de algodón, estaba tu hijo, Tony, esforzándose por imitarlo, tratando de envolverse también en una toalla demasiado grande para su pequeño cuerpo.
Daryl soltó una carcajada grave y genuina mientras se agachaba para ayudarlo a atarla bien. A pesar de su torpeza habitual para las demostraciones de afecto, con Tony siempre era diferente. Con Tony, Daryl era... tierno.
Te recargaste en el marco de la puerta, sin querer interrumpir el momento.
Conocías a Daryl desde hacía dos años, desde que llegó a Alexandria junto a los demás. Al principio, tú y él no se agradaban demasiado, eran dos almas heridas, desconfiadas, acostumbradas a sobrevivir por su cuenta. Pero algo inesperado sucedió cuando Tony, tu pequeño hijo, quedó completamente fascinado con el hombre de la ballesta y la motocicleta ruidosa. Desde entonces, la relación cambió. Y hace un año, Daryl había empezado a vivir contigo.
Ahora, verlo reír así, tan abiertamente, era como presenciar un pequeño milagro.
—Así, campeón —dijo Daryl, asegurando el nudo en la cintura del niño.
Tony sonrió de oreja a oreja, mirándolo con esa admiración absoluta que solo un niño puede sentir.
Daryl tomó entonces su lata de crema de afeitar y empezó a untársela en la cara. Tony, con los ojos brillantes de emoción, no pudo evitar pedirle al hombre que también le pusiera a él la crema.
Esperaste que Daryl negara, que soltara alguna de sus respuestas secas que usaba con todo el mundo. Pero en lugar de eso, su sonrisa se ensanchó.
—Claro que sí, pequeño. Pero vamos a hacerlo bien —dijo.
Lo alzó con facilidad, sentándolo sobre el lavabo. Abrió el rastrillo especial que siempre usaba para enseñarle, uno tapado, de plástico, que no podía cortar y, con mucho cuidado, untó un poco de crema en la barbilla de Tony.
—Mira, esto es como un entrenamiento, ¿entiendes? —le explicó mientras le pasaba el rastrillo con movimientos suaves. — Aún no tienes que hacerlo de verdad. Cuando seas grande, vas a necesitarlo y yo te ayudaré a hacerlo. Pero, por ahora, prométeme que nunca, nunca vas a rasurarte solo, puedes herirte y tu madre se asustaría, es peligroso, ¿lo prometes? —
Tony asintió muy serio, como si acabara de recibir una misión sagrada.
—¡Lo prometo, Daryl! —exclamó con fuerza.
Daryl le revolvió el cabello, sonriendo de esa forma reservada que tan pocas veces mostraba a los demás, esa sonrisa que tú conocías mejor que nadie.
Se volvió de nuevo al espejo para afeitarse de verdad, y Tony, en silencio, observaba cada uno de sus movimientos como si estuviera viendo a un superhéroe.
Te abrazaste a ti misma mientras los mirabas, sintiéndote increíblemente afortunada. Quién lo diría... El hombre que al principio apenas podía mirarte sin gruñir ahora era el centro del pequeño mundo de tu hijo. Y, de alguna forma misteriosa y hermosa, también se había convertido en el centro del tuyo.
La vida a veces no seguía el plan que uno creía perfecto. Pero a veces... a veces terminaba siendo mucho mejor.