Este es el lugar donde Daryl Dixon te huele, te acecha... y te elige.
Él no necesita hablar para hacer que todo tu cuerpo reaccione.
Solo basta una mirada suya, una respiración cercana, una caricia que no llega pero se siente.
Aquí, tú eres la presa...
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—¿Estoy viendo bien, o Daryl Dixon está colgando flores secas? —pregunta Maggie con una mezcla de asombro y risa en la voz.
Carol se asoma detrás de ella, entre los barrotes que separan los pasillos de celdas del viejo bloque de celdas convertido en salón. Parpadea un par de veces.
—No estás viendo mal —
Frente a ellas, en el pequeño espacio que tú usas para dar clases a los niños, Daryl se encuentra arriba de una silla oxidada, enredando lianas secas en la parte alta de una pared con toda la concentración de posible.
No cualquier decoración. Son flores que tú recogiste en el patio trasero, entre hierba muerta y escombros, y dijiste con una sonrisa.
—Sería lindo que los niños vieran algo bonito en las paredes. Algo que no sea gris y alambre de púas —
Daryl no dijo nada en ese momento. Solo te miró con esa expresión suya, la que siempre oculta más de lo que deja ver.
—Te hace caso como a nadie —susurra Maggie— Casi pareciera que con un chasquido tuyo...—
—Y va —completa Carol, divertida.
Las dos sueltan una risita silenciosa.
Tú te detienes al llegar, los libros en brazos, y lo ves ahí arriba, con las mangas arremangadas, el rostro sucio y un par de rasguños nuevos en el antebrazo. Las flores están torcidas, algunas ya medio marchitas, pero el esfuerzo es real.
—Daryl, ya está —le dices con suavidad— No era tan importante...—
—Sí lo era —responde sin voltearte a ver.
Carol y Maggie intercambian una mirada.
—Dijiste que te recordaban a tu mamá, ¿no?— murmura él.
Tu sonrisa se tambalea. No esperabas que lo recordara. Fue un comentario suelto una noche de insomnio, cuando te sentaste con él en la torre de vigilancia y hablaste de los girasoles que tu madre colgaba en la cocina durante el verano.
Daryl baja de la silla y recoge algunas cuerdas sueltas del piso. Camina hacia ti con pasos pesados, pero firmes. Te extiende una flor especialmente fea, marchita pero aún entera.
—Esta es la que dijiste que era tu favorita—
—Siempre haces todo lo que quiero... vuelves realidad mis deseos —le bromeas en voz baja— Ya todos lo dicen —
—Que digan lo que quieran —murmura, encogiéndose de hombros— Mientras tú estés bien... no me interesan los demás —
Carol sonríe desde el fondo, cruzándose de brazos.
—¿Nos vamos, Maggie? Creo que ya vimos suficiente—
Maggie asiente, divertida, y ambas se retiran sin decir más.
Esa tarde, cuando los niños llegan y notan las flores, sonríen y aplauden. Uno pregunta si fue idea tuya. Tú solo miras de reojo a Daryl, que está en la esquina, limpiando su ballesta sin levantar la vista.
No dice nada. No necesita hacerlo.
Esa noche, cuando ya todos duermen, te sientas a su lado en el comedor. El murmullo de la lluvia cae fuera del pabellón. Él no habla, pero te pasa su taza caliente, como siempre.
—Gracias —le dices.
Y él, sin mirarte, responde.
—Yo haría cualquier cosa por ti. Aunque lo pidas con un chasquido —